Sergio, Ada, Lucía, Juan, Inés, Miguel




Sergio, de contextura y garbo de guaripola, había nacido en provincia; Ada en la provincia vecina, ella era de estatura media y se decía aficionada a la música. Se conocieron en un paseo familiar que dio Juan Zapone, el padre de Ada y Lucía, al cerro la Gitana. Sergio había ido allá junto a Inés Moncada, su enamorada. Los grupos en la zona habilitada para hacer camping no tardaron en hacer migas, ¡era tanta la amplitud del espacio! Sergio y Ada cruzaron unas palabras: ambos eran fans de Los Juntos, la banda interprovincial de moda de aquellos tiempos. Sergio e Inés, por otra parte, rompieron relaciones a la semana de este paseo.

Sergio y Ada se encontraron de nuevo por casualidad. Fue para las fiestas de fin de año en la ribera del río Alto, las cuales eran las más difundidas de la región. Allí bailaron bastante.

Poco después, Sergio se animó a visitarla, tomando el interruta. Ada, en compañía de su hermana Lucía, lo aguardaron en la estación. ¿Por qué no te quedas a alojar? Los padres de Ada no se opusieron: él estaba de paso, se le había hecho tarde.

A primera hora, Ada le recomendó irse.

Según se supo, esa noche Lucía recibió equivocadamente el interés del invitado. Ella iría a gritar si no se iba. Sergio retornó a su "cama" en el living. Hubiera preferido arrancar de allí, pero estaba conectada la alarma. Ada pensó que no se había equivocado.

En el bus de regreso, no entendía el trato de su presunta enamorada. Divisó a Inés por la ventana, iba de la mano con alguien. Al llegar, Sergio organizó con su hermano Miguel una subida a la Gitana. Empezaba el otoño, no se toparon nadie.

carta perdida


"Pasaron muchos años antes de que tuviéramos noticias de ti. La verdad es que durante todo este periodo de silencio, siempre te recordábamos y pensábamos si definitivamente habías asumido tu invalidez. Fue terrible tu partida tras el accidente que malogro tu espinazo: no bien accediste al beneficio de la silla de ruedas, nos miraste con rencor y te alejaste con la excusa de que probarías la máquina. Al rato, desesperados, salimos en tu búsqueda y no estabas por ninguna parte.

La prensa sensibilizó entonces con nosotros, y era prácticamente toda una ciudad buscándote.

La mirada cargada de rencor que nos prodigaste nos dolió un mundo.

Así pasaron los meses y creímos que habías muerto sin dejar rastro. Pero en el fondo seguíamos engañándonos con que, de verdad, probabas la máquina. Que no había pasado todo este tiempo, sino tan solo la hora presupuestada para una prueba consistente. El día que recibimos noticias de tu situación, has de saberlo, fue el día en que Sadam Hussein fue ajusticiado por los norteamericanos.

Te agradecemos, más allá de toda la angustia provocada, este gesto que has tenido con nosotros. Tu esquela no decía gran cosa, pero decía lo suficiente: habías rehecho tu vida.

De todas formas, nos harías tremendamente feliz con una señal de tarde en tarde. Hubiéramos preferido reencontrarnos, pero no vamos a discutir tu decisión."

satélites

La ilusión era múltiple, pulposa. Hay que revertir la imagen antojadiza. Pulpo, tentacular. Es decir, convengamos en que la ilusión pulposa era como el niño que busca ojos por donde mirar. De este modo se ha revertido la ambición del pulpo en una observación superlativa.

De Huite ya lo dijo en una desastrosa conferencia: "Los satélites artificiales no requieren un diseño discoide, lo pulpoloidal les daría dividendos, es cosa de ver como ve esa cosa. Y el mito de la medusa, fatalidad de cabello ensortijado y vidente, no es gratuito. En la profusión tentacular, no el disco del cíclope, se halla el summun informativo[...]"

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