Estábamos sentadas en las faldas de un cerro, y gritábamos palabras cortas para emocionarnos con su eco. Divisamos un arroyo corriendo por entre macizos de piedra. Luego de hacer miles de juegos con nuestras voces, guardamos silencio. Nos habíamos propuesto alcanzar la cima y aún nos quedaba tiempo. Faltarían unas tres horas para que se fuera la luz.
–¿Qué piensas?
–Nada. Sólo en que aquí me siento cómoda. Lástima que tendremos que bajar. –Sí. ¿Por qué no poder permanecer en donde todo está tan de acuerdo consigo mismo: el pájaro, ese, con las ramas de los árboles, el viento con el paraje? –No sé. ¿Cómo quieres que te lo explique? Para la naturaleza no existen razones. –Puede ser pero... –Elisa no terminó lo que iba a decirle a su prima, pues justo se oyó allá abajo un ruido fuerte, como el de una bomba. –Qué fue eso. –Deben de estar talando. Imagina que la próxima vez que subamos nada estará igual. Habrán forestado con pinos o eucaliptos, y en una de esas ni siquiera, a causa de esto, el eco nos responderá. -Ay Elisa, siempre tú tan exagerada. Yo, en cambio, no creo que tal ruido haya sido el de un árbol. Ellos cuando caen no suenan tan fuerte. Me tinca que alguien anda cazando. Pobres animalitos, su vida es huir sin encontrar nunca un lugar donde desarrollarse en paz. Y como no tienen la noción de fronteras, incluso los parques destinados para su conservación les quedan chicos. -Es una escopeta. Ahí disparó de nuevo, el muy canalla. No vaya a ser que nos confunda, prima, y nos hagamos cumbre. Vamos. -Vamos. Nos paramos, entonces, con sigilo. No queríamos despertar el apetito ciego del cazador. Es, de cierto modo, frecuente ser alcanzada por una bala loca. Estos tipos están en contra de todo lo que se mueva. Así, nuestros pasos, debido a lo escarpado, parecían los de las cabras. Caminábamos clavando las puntas de los zapatos, buscando con la mirada, con el instinto montaraz que nos es propio (fuimos criadas entre estos cerros), el terreno menos quebradizo –para seguir subiendo. Resbalarnos a esa altura, al borde de un abismante declive, si la mala fortuna nos tocaba con su maligna garra, que nos destrozáramos la cabeza no habría sido nada del otro mundo. Es más, mientras emprendíamos los pedazos más dificultosos, íbamos muy cerca la una de la otra, como si dependiéramos mutuamente. Con todo, porque todavía éramos un tanto niñas, nos sentíamos cruzando algo tremendo, roqueríos inmensos. Y tras habernos aproximado mucho a lo más alto, nos detuvimos para repasar lo alcanzado hasta ahora. Era nuestra segunda parada. La cumbre, por decirlo de alguna manera, estaba a tiro del cañón. –¿Cómo te sientes, Elisa? –Bien, prima, transpirando no más. –Yo también. ¿Por qué no esperamos un poco? Luego seguimos, se ve tan lindo desde acá. –Sí, demasiado. Esto de estar lejos de la familia, por sobre ella mejor dicho, me da la sensación de no formar parte de ella, de no tener ningún lazo, a excepción del nuestro. La sensación de ser... Elisa, el escuchar lo que decía su prima, abrió los brazos lo más que pudo y suspiró: –¿De ser libre...? no te entiendo muy bien primita. Por mi parte, la libertad que encuentras en lugares como este no me es del todo dulce. Ser libre no dura un momento: desde que salimos de casa hasta que volvamos; ser libre ha de durar la vida entera. –Elisa, Elisa, el mundo no es tan feo. Lo que yo te quería expresar no era más que un sentimiento. ¿Por qué motivo no he de sentirme libre si aquí no hay nadie que me dé órdenes: “Asunción, anda a buscar un poco de leña; quédate dormida que ya es tarde, mañana tienes clases; no hagas esto, no toques eso”. –Allá tú, pero lo que es yo, no me conformo con tan poco. Sería mejor que no sigamos hablando de eso. Al parecer nos entendemos demasiado bien para pelearnos porque no concordamos en un punto. Yo me doy perfecta cuenta que tu libertad se resume en vista de la libertad, de este cielo sin nubes, de esta panorámica de irregulares horizontes. –Bueno. Yo también llego a comprender cuán angosta es mi idea al respecto. Pero ¿qué es la libertad sino un instante en que todo se entrega, en que incluso nuestro cansancio desaparece? –No sé entonces. Tal vez algún día encontraré la libertad que busco. Hay que intentar lo grande, prima. Ese es el único consejo que te podría dar. Sabes muy bien que no acostumbro aconsejar a nadie, pero me vi obligada a hacerlo. –No, no importa. Nunca está de más. Anda a saber tú si lo que me dices se me hunde en el corazón, y que mi efímera libertad –(Asunción respira hondo, y Elisa pone una de sus manos sobre una de sus rodillas)- acabe por desalojar mi pecho. No creo que sea dable vivir sin la más remota intuición de lo que es ser libre, exista o no su palabra en el diccionario. –Quién sabe. Escucha... –Otro disparo. –Y otro más. Y eso que queríamos oír el ruido del viento, el canto de los pájaros, nuestra propia respiración... –Asunción, quizás porque no estaba acostumbrada a que la toquen, menos su prima Elisa, mientras se oía disparar, le sacó la mano-. Disculpa, pero las muestras de cariño me dan susto. Entiéndeme, desde que el tío Roberto se aprovechó de mí, manoseándome hasta decir basta, no las miro con buenos ojos. –¿Y se te ocurre, tontona, que siendo yo mujer igual que tú sería capaz de convertirme en el tío Roberto? –No –dijo Asunción-, pero me contaron el otro día que las mujeres también podían amarse entre sí. Seré una tonta. Pero desde que el tío se aprovechó de mí me dan miedo incluso los arrumacos de mi padre y de mi madre. No sé cómo sacarme de encima la idea de que la gente no es malintencionada. Elisa, no te enojes conmigo, pronto se me pasará. –Ay, Asunción, si yo sólo quería darte una muestra de mi cariño. Darte a entender que estaba contigo, que me tenía muy emocionada oírte hablar así de la libertad. Tú piensas así, según veo, porque has sufrido, y un instante lejos de allí te inflama el corazón, te hace verdaderamente libre. –¿Entonces nuestros pensamientos estarían determinados por nuestras circunstancias? –Exacto. ¿Ves ahora que conversando se aclaran los problemas? –aquí Elisa puso de nuevo su mano sobre la rodilla de Asunción, sin que esta intentara quitársela de encima. Cerramos la boca, no teníamos qué decirnos y, sentadas en unos asientos improvisados, de miles de años, abrimos los ojos. Nos perdimos en la contemplación del paisaje. Ya no había contacto físico entre ambas. (Elisa, al ver confirmada la apertura de su prima respecto a las muestras de cariño, retiró su mano). El esfuerzo anterior aún pesaba sobre nosotras. En cosa de minutos nuestras pulsaciones recuperarían su ritmo habitual. Era cosa de minutos, por tanto, partir por lo que nos quedaba. No obstante, permanecimos sin movernos, como si nos hubiéramos negado a subir lo restante con rapidez. Estábamos más que bien. Nos habíamos entendido en lo medular. Las palabras nuevamente no tenían cabida. La hora corría a nuestro favor. Al parecer, tendríamos tiempo para mirar desde la cúspide los bosques que se hallaban del otro lado, detrás de este cerro el cual coronaremos con nuestra lozanía. –¿Pero qué te parece todo? –intervino Asunción con una voz tan blanda que no desentonó con la armonía ejecutada por el ambiente. –¿Aquí o en todas partes? –le replicó Elisa destempladamente–. Abajo –añadió ella apuntando el valle– es natural ser como un loro, pero aquí, por el contrario, no basta siquiera ser piedra. Por un instante creí que ambas lo intentábamos. Tú, a pesar de parecer inerte, mantenías un diálogo interno. No se pregunta sin antes haber encontrado razones para hacerlo. –Ya. Y mirándonos de reojo, recelosa esta vez la una de la otra, volvimos dentro de lo posible al mudo estado anterior. Contemplábamos y nada más. La extraña disposición de las piedras, sus cortes y curvaturas, las bandadas escasas y perdidas en la inmensidad del cielo, nuestras propias formas reveladas de súbito por atisbos involuntarios. Era muy poco lo que nos disturbaba. Cada vez era menos. Aún no tocábamos los recovecos de nuestra intimidad. Éramos ajenas a nosotras mismas, y en eso fundábamos nuestro futuro. Nos situábamos en la justa intermitencia, donde solo la música atmosférica entraba. Nosotras nos ausentábamos. Mientras así nos divertíamos, retumbó demasiado cerca nuestro otro cañonazo. En vano buscamos la herida. –¡Ey, cuidado, hay gente aquí! –¡Hola, hola! –dijo Asunción, abrazándose a Elisa. –Calma, niña, ¿no esperemos que este imbécil nos acierte? Será mejor que nos levantemos. Arriba no habrá nada que le interese, allí los conejos nunca habrían su cueva. –Tienes razón. Yo, así como me llamo Asunción Cabañas, te apuesto a que llego antes. Uno, dos, tres y... –ella, sin embargo, tras ponerse de pie vino y piso un peñasco suelto... –Ja. No compitamos, prima, no hay por qué. Vamos juntas y tranquilas. Dame la mano, eso, uno dos, tres, ¡upa! –Gracias, aunque subamos agazapadas. ¿Quién sabe si éste nos anda persiguiendo a nosotras? Cada vez ha tirado más cerca. Partimos entonces caminando. A veces, debido a la inclinación del terreno, fuimos en cuatro patas. Funcionábamos a la perfección: respiración que se ajustaba sincrónicamente a nuestro andar. Todo en nosotras era aire. –No nos falta nada, Asunción. –Elisa, se me ocurre creer que allá, al otro lado del cerro, daré con la libertad. Ella siempre está al envés –Ojalá. Pero lleguemos primero, uf. E hicimos cumbre. A lo lejos vimos unas nubes prontas a esfumarse en el azul gastado de la tarde. Atronó una nueva descarga. Guardamos silencio. El viento, que allí se encrespaba, desordenó nuestras cabelleras morenas. El viento, además, helaba nuestras orejas, zumbante. Anhelamos una escalera, otro cerro después de este. ¿Nos faltaba algo? Sentimos como si siempre hubiésemos estado ahí. ¡Cómo expresar la sensación de recurrencia que sentimos! Queríamos lo abrupto, lo punzante, lo desconocido. El cielo: el mismo. Los bosques: los mismos. Habría sido mil veces mejor ahogarnos en ese momento, tragar una vía completa de aire. Entrábamos en un ámbito ya previsto. Crecíamos de golpe. –Bonito, ¿no? –Bonito. –¿Qué? –Esto, ¿verdad? –Sí. Entretanto, Elisa pensaba: “Los cuervos se llevan la coronta de las víctimas. No hay altura después de esta, ¡cuál mundo sin esperanza!” Después, en un suspiro, dijo: –Mar... –¿Nos vamos, dices? –Sí. Ninguna de las dos quería atravesar a oscuras el bosque que protegía a su pueblo. Así que bajamos rápido, como rocas despeñadas, pero concientes de donde poníamos nuestros pies. Durante la bajada únicamente supimos de nuestros desplazamientos. Si el cazador disparó de nuevo, ni lo oímos ni nos acertó. Seguramente, la libertad se levantó del suelo apenas dimos un paso atrás. Ya en el pueblo nos despedimos la una de la otra. Desde entonces soñábamos con conocer el mar...

















