(Profecía)


Así como las estrellas tienen su guarida en mi
pecho,
nos veremos y caerás rendida,
ebria de amor.

El pájaro oscuro de la esperanza
entonces se dormirá en nuestras manos.

El mundo parirá el mundo,
y un viento fresco perseguirá nuestros pasos.

Aleluya



No llovía afuera, no había manos en las ventanas ni ningún helicóptero surcando los cielos. No había nada,
y entonces concurrió desde un vértice un aeroestático,
un globo, una piñata inmensa que al hacer explosión
llenó los campos de dulces. No había
ni un niño a la redonda. Yo estaba muerto, sin sepultura,
esqueleto dormido a la sombra de una higuera.


Cuando se desprendió mi clavícula, arrastrando consigo
una multitud de huesos menores, se sobresaltó un tucán
que justo dormitaba en el árbol.


De retornar la carne y de vivir, el milagro no entendería
cómo juntarme; de retornar la carne y de vivir, la tal clavícula
quedaría sobre la muñeca derecha y la columna donde los brazos.
Aleluya.

UT Installation









La instalación UT (Unidad de Tratamiento) consta de 4 fotografías (Camillas, 57 cm. de alto x 1, 23 cm de ancho; Pasillo y Cama: 73 cm x 49 cm, y Pabellón: 1,09 cm x 72 cm). Estas fotografías las tomó Magdalena Contreras en el Hospital Luis Tisné B., comuna de Peñalolén, gracias al gentil apoyo de Pilar Macho, médica-anestesista en dicho establecimiento. Las diversas ampliaciones fotográficas fueron hechas en foamex de 5 cm. de espesor, técnica de impresión usada en carteles publicitarios.

***
UT
es una oportunidad para sentirse en tratamiento hospitalario dondequiera que se instale. Preferentemente habrá de instalarse en habitaciones ascépticas, de muros blancos y liberados de cualquier otra carga semántica, de modo de acostarse y únicamente ver el decorado. Los hospitales son centros de dolor y enfermedad tanto como de nacimiento y sanación. Por esto, UT no pasaría indiferente, en tanto cada quien llevará consigo una distinta valoración para estos lugares.
Con todo, si quien la instala en su pieza se encuentra muy sano, se habría de sentir extrañamente enfermo, y entonces no tardará en desmontarla y echarla al olvido. No es, en definitiva, recomendable perseverar en su exposición, ya que se podría creer enfermo terminal. Acaso lo más interesante de UT Installation ocurre cuando el o la abonada se siente pésimo y le urge hospitalizarse por un periodo. El hecho de desintalarla, por este hecho, hace de símbolo de cura. Finalmente, la invitación es a superar un estado traumático; salir de UT renovado o renovada.

Abónese llamando al 8-188 83 72



Repliegue verbal: Una consecuencia lexicográfica


Un cuerpo, y que habla al estilo de El mono gramático de Octavio Paz. Es muy poco lo que vengo a decir, palabra hinchada y delincuente, delictiva únicamente en razón de la envidia a las planas llenas y colmadas, gran diccionario articulado y vivo, voces que se desprenden del sentido llevado por el resto, exceptuados tecnicismos que son la melancolía de la piedra. Por eso los lexicones recorren los fondos marinos, y rara vez rescatamos el pez jurásico. El imperio de la ciencia, es imperante tener un Mapudungún entonces dado a los giros de la carta universitaria international. La academia se desvive convirtiendo, trasladando, maquillando lo apenas distinto, para que suene y valga. Loable misión aunque refleje un Quijote descarnado, lo que no es nada nuevo. Así, el Chileno busca oídos y viene callando, rompiéndose en los suburbios a falta de aire en los pasillos. Como vamos, vamos a necesitar el beneplácito o anuencia real para confirmar lo predicho. Y el lenguaje que se basta a sí mismo, que se hunde y de pronto presta sentido, se acovacha ante el croar de la sapiencia. Si desentendiéramos a este sapo, –que no embrujado sino brujo– acaso volveríamos a encontrar los nombres perdidos, muertos en el glosario de esta lengua.

Como dijo Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor



Dos soles, uno al lado del otro, parecerían uno, como dos flores de cardo enredadas entre sí. Habiéndolos, ¿habría también dos lunas? Probablemente; aunque estas menguarían y crescerían en sentido contrario, con lo cual cuando luna llena, luna nueva. Y tendríamos que cerrar un ojo para hacer la noche cerrada, un ojo o todas las ventanas. En todo caso, sería un mundo muy distinto, tanto como si hubiera otra tierra, orbitando en el espacio universal, pegada a esta.

Claritza

Había vuelto de los cursos de verano en los que había hecho migas con casi todos sus compañeros, a excepción de un chico de modos ladinos y tez mate. Ella lo había pasado “genial”, y aprendido mucho deportivamente; las naciones eran su juego preferido.

Había vuelto, quedándole todavía más de la mitad del verano por delante. No más llegó a su casa, olió el aire espeso que allí se respiraba.
Antes de volver ni lo había pensado, pero una vez llegada lo recordó todo. Claritza por su parte era de modales tiernuchos y su rostro delataba sentimentalismo, además de ser un poco paliducha.
Recordó, así, a su abuela siempre regañando a su madre quien la atendía casi en todo, a su padre y a la tía Maru que estaba enconada con ella desde que supo que participaría de estos cursos. El encono suele ser inmotivado y gratuito, Claritza cumplió con mostrarse a su tía insolentemente despreocupada por lo que fuese decirle.

Sus cosas estaban tal cual las había dejado antes de partir, tan sólo echó en falta uno de sus lápices de colores que a sus ojos eran fantásticos; se los había regalado su padrino del extranjero.

Todos estaban en casa y ninguno sabía nada de ese lápiz color basalto. Pero Claritza, sin embargo, sospechaba de su madre tanto como de la tía Maru. Quiso cerciorarse por sus propios medios, y se puso a revisar las pertenencias de su tía en sus mismas narices. Y eso no le gustó, su palabra bastaba. Se armó la grande, terminaron gritándose.

El lápiz, a las semanas de este episodio, apareció debajo de su almohada.

Al día siguiente entraba a clases. ¡Qué feliz que parecía! Sólo el chico ladino y de tez mate enturbió ligeramente su entusiasmo. Su completa caja de lápices la iluminaba de sobra.

Triunvirato



El padecimiento hace en los intestinos
de la bruja o de su perro que es ella misma
un líquido viscoso capaz de toda la felicidad.
Y no es falso sino dudoso que la succión
de esta sustancia sea por vía umbilical
ya que la boca, tras el nacimiento,
reemplaza el ombligo como puerta
de entrada para brebajes y sólidos.
Pero lo que sí es probable es que
el padecer infausto -con el perro,
con la bruja, con los flujos intestinales-
desaparece y abre paso al encanto,
al más alegre triunvirato que existe.





Ilustraciones de Vicente I




¿Cómo llegamos a esta situación?
Hagamos memoria. Veníamos de almorzar todos juntos y yo, con los hijos de mi hermana, jugábamos a desarmar un transformador de láminas de hierro.
Sebastián –el menor– me acuerdo que ya no se interesaba en el desarme; su hermano mayor no le daba cabida. ¡Tan entusiasmado estaba Agustín, que ni siquiera yo podía colaborarle!
Mi recuerdo se espesa: ¿Qué es lo que hacían?
Agustín, excitado, desarmaba el transformador.
Y Sebastián, a falta de transformadores, se puso a escarbar la tierra; recostado sobre el pasto, parecía haber encontrado un juego tan entretenido como el de desarmar algo que pudiese tener un corazón secreto. Supuse que había dado con un chanchito de tierra o lombrices.

Agustín, una vez que tuvo todas las piezas
repartidas por el suelo (el transformador no resultó ser más que un puñado de escombros), fue adonde su hermanito, apoderándose enseguida de la alimaña.
Sebastián no se hizo drama y, dejándolo hacer, se dirigió él hacia el transformador. Miró piezas al revés y al derecho, y acercando una de estas láminas hasta sus ojos, zas, vio cualquier cosa.
¿Qué pasó, de pronto, que nosotros tres terminamos formando parte de esta historia, llena de sombras e intrigas?

Con Sebastián de cara a los restos del transformador, con Agustín ya habiendo cercenado a la lombriz, conmigo medio atontado por la menta que nos servimos de bajativo.
¿Qué hiciste Sebastián con el transformador? Ahora recuerdo: empezaste a rearmarlo a tu antojo. Y que justo cuando creíste listo el ensamblaje, se
te avino tu hermano, con parte de la lombriz y una plan entre manos.
–Seba, mira, pongamos esta adentro y lo enchufamos y vemos qué sale. Préstamelo, yo la pongo.
Sebita no regañó. Por fin los dos hermanos jugaban juntos.
La irreconocible lombriz ocupó así el desocupado centro del transformador.
Yo olvidé advertirles de los rencores de la corriente.
Me uní al grupo de los grandes.

Los grandes se acomodaban sin éxito en sus sillas.
–Al ser humano, interrumpí, le falta algo gusanesco: poder encogerse, poder luego engordar gratuitamente.
Pero nadie se entusiasmo con mi comentario. Hablaban de otra cosa.
–Voy y vuelvo, dije, ¿qué estarán haciendo los niños?
Presentía algo, ese transformador merece toda nuestra desconfianza.
Sebastián miraba absorto el “transformador”, que además de chirriar echaba pus. La inocencia de los niños, el Seba exclamó:
–Mira, Agu, eso masca chicle y sabe hacer globos.
–Oye, atinó a decir el otro, ¡va a explotar!
Sebastián estaba inamovible, el invento lo tenía completamente cautivo. Agustín, entonces, se fue a esconder detrás de mí, que me ocurría algo casi idéntico a Sebastián. Ninguno, en suma, quiso perderse de nada.

El chirrido, el tsh que avisa disfuncionalidad eléctrica, no era de temer. Y no siéndolo, no me preocupé ni pedí que lo desenchufaran. La verdad es que todo esto me tenía demasiado expectante como para detener el curso de los eventos.
Agustín, que me piñiscaba de puro nervio, dijo: –¿Una lombriz que se transforma en un
monstruo abominable?
En fin, ¿qué fue lo que ocurrió? En este caso puntual, entre más cerca de los hechos, menos clara es que tengo la película.
Bueno, Agustín dijo eso de la lombriz vuelta monstruo, y Sebastián, sin pensarlo, se decidió a desenchufar el transformador. El enchufe se había pegado, y todas las miradas recayeron en mí.

Me vieran… no tengo trazas de héroe. Sin embargo, ¿quién, ¿Agustín?, iba a desenchufar el enchufe pegado?
Ya está: fuíme donde reside con sus dos o tres ojos negros la energía eléctrica, y tiré…
Con el cable en la mano se apagó el tsh, y esperamos a que el transformador parara de gorgotear. Sobre la alfombra, un líquido verde y pastoso dejaba constancia de los hechos.

Los niños, tan pronto como desactivé la máquina, partieron hacia ella, cuidadosamente. ¡No vaya a ser como el erizo o el guanaco, que escupen al peligro!

Su inspección fue pedestre. Ambos hermanos, cuál primero, cuál después, le dio una patadita para ver cómo reaccionaba. A causa de semejante escrutinio, yo me vi forzando la vista. Ni uno de los tres vio nada raro.
¿Pero cuándo sucedió lo que se me enreda en la garganta? Ahora me gustaría que alguien otro fuera y dijera esto sí, esto no corresponde a la realidad.
Agustín, no harto, volvió en seguida a conectar la máquina. Ya se imaginarán lo que sucedió: el tsh, la reanimación de la goma, probablemente de origen larval.
El efecto de la conexión fue mucho menos intenso.

Pero Sebastián rompió en llanto, y balbuceó:
–no qlería esho.
Y Agustín repuso: –No te hagas, siempre decís lo mismo.
Luego de esta escena, muy teatral, el transformador empezó a desplegarse, a hacer de las suyas.
–Oh pestañeo, noche personal y común, momento oscuro en que vimos lo que vimos.


¿Qué se desarrollaba entre las placas de este convertidor eléctrico? Todos tenemos alguna ceguera, es decir, alguna impresión vedada.
A los segundos, se cayeron los tapones; se cortó la luz. Aparte de nosotros, nadie reparó en el corte. Podríamos haber jugado a la gallinita ciega.
El transformador irradiaba la luz del platino, la cual abría surcos en la imaginación, incluso en la mía, ya surcada y llena de atajos.
El transformador allí sobre la alfombra, con la baba verde entorno, parecía una isla, el Kremlin rodeado por la fanaticada revolucionaria.









Crisis

La realidad: trastos empolvados
que serían tesoros.
Indefensión:
a Vallejo le daban duro con un palo.
¿A qué asirme?
¿A la teta trágica de mi madre
o a una providencia imprevista?

Ofelia es llevada por la corriente.



Comentario: Crisis se escribe sobre una base simbólica. La realidad visible, aparentemente tosca y ordinaria, simbolizada por aquellos "trastos empolvados", pudiera entender un simulacro; de ahí que éstos puedan resultar tesoros. Pero se cita a Vallejo maltratado, la realidad apaleándolo y escociéndolo; en el "cholo" Vallejo, sin embargo, no se supone ulteriormente la caricia ni el cariño, sino una realidad implacable y ofensiva. La eventualidad del tesoro, con ello, parece alejarse.
Retornar a la madre, que es el seno de lo real, es trágico, significa una especie renuncia a la vida expuesta. La providencia, por otra parte, al presentarse como imprevista, puede llegar a destiempo...

Si Ofelia no se hubiese lanzado bruscamente en las aguas oscuras, la realidad pudiera haberla colmado de bienes.

Extensión Intensión

El cielo se arremolinaba como vahído
sin encontrar una marca, algún tope;
es que el disco sobre el campo
parecía un perro desaforado,
el disco, el platillo, la ranura abierta
y abriéndose.

II

Lo que se derrama como líquido lade-
ado. Entonces fue que gritó el verraco
y el bellaco (sus voces igualadas) dejando
ver en el durante una única lengua
de ternero.

Pero eso no significó que
el oído fuera tuba, cuerno, altavoz
impar; eso no significó nada. Un olvido,
un acaso,
como la atención de los cortinajes
o los pantalones. Y una forma repentina
e iracunda, desde la masa, emergió y acogotó.

Mis pájaros


Los pájaros llegan a ser semillas por la fecundidad de sus alas. Ellos han volado y dejan a los perros husmeando la tierra. Los pájaros volaron lejos a enfrentarse con sus propios demonios.
Si cayera alguna vez algún relámpago que a los perros muerda,
así es como encienden los pájaros de mi vida las llamas de la muerte.

La marisma



Me hundí en la marisma, no digamos que vi fuegos fatuos. Sus bordes eran un bodrio, zancudos se recostaban sobre las estables aguas.
Me hundí y digamos que fue abierto el envoltorio del silencio.
Como un barril resonante, oí el choque entre mis dos corridas de dientes. Después cesó todo, incluso la redacción.


Felisberta Pach



Roca, es entonces que recuerdo los roqueríos que crucé y que, ahora imaginando, habré de cruzar con el cuerpo que tuviera. Es largo de contar, pero no me demoro. Ayer me topé con la señora mamá de un compañero que no veía, y me dijo que Juan Roberto partió a España y que, desde que se fuera harán dos meses, sólo recién había tenido noticias suyas. Ella estaba la mar de contenta. Después de eso, descubrí un collar entre sus manos, un collar de perro el cual llevaba el nombre de Pili. El caso es que ese nombre me trajo a la memoria a quien he querido, en vano, olvidar. A Felisberta Pach.

ORDEN


La noche tenía cara de hijo,
mientras que el hombre y rondín no tenía cara

sólo un amague de presencia y ser.


El sol fue implantándose en la verdura,
en las techumbres, sutilmente,
a la manera de lo que es gradual.


El hombre hizo del tiempo desgranado su ración;
y la noche, al amanecer,
se disolvió en grumos.

COPO


Ahora que te salieron las patas de gallo, podrás echarme en cara mi Notre Dâme, mi cuello emplumado. Hagamos las paces entre este mastín cojo y este caballo con el lomo ensangretado, flores de sangre a flor de piel. Llámame, Pilar. A veces se me infla la boca de arroz y en ese cuándo sólo digo: copo. Claro, el viejo que nos miraba (o te miraba) desde una de las mesas del Halcón, no lo he vuelto a ver.

El tarareo matutino


Oí el tarareo matutino; es la luz, los secretos dulces de sobremesa, el desliz, el robo, la pregunta enorme. Y, aunque la bandada hacía un arco, estaba el viento, el árbol renegrido, el rocío reciente.


La curva que desvirtúa el recorrido fue producto de una irrupción natural, como los Andes donde recogió fósiles marinos un púber. Este irrumpir de la naturaleza, sin embargo, no fue sino súbito, como el espanto de la niña del lago siempre que visitaba de noche a los vecinos, teniendo que cruzar un pinar.
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Nació, así, la curva.
Toda recta rasante supone, en el planeta, rodeos. Aunque cupiera tirar un trazo sin tope, justo entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Pero la intelectualización, cuando se trata de levantamientos telúricos, parece una campanilla de llamado sin badajo o con un badajo de goma. En todo caso, la niña del lago -debido a la reiteración de su visita nocturna- acabó desafiando en silencio a los trasgos del bosque, que tampoco se hicieron presentes. Ella creció, luego, a la velocidad con que una piedra cae, vertiginosa y ciegamente.
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El hecho de la curva, pese a las jorobas, no habla de que, a la vuelta, la cascabel ataque su cola. Es más, la irrupción es antecedida por una latencia gestada en un beso, como el beso que se dieran unos muchachos, con un cerro de fondo y el mar de fondo.

Sueño

a Conchita Quintana

Gestación, lugar. Allí fue donde viste por primera vez conductos y agarraderas. Yo estaba inquieto con la humadera que salía del fuego. El andino con quien compartíamos era de lo más amable. De pronto, un avechucho se dejó oír y, levantando la cabeza buscándole, nos pasmamos con lo estrellado que estaba:



Soñaba con confirmar lo soñado una vez despierto. Era un sueño pertinaz; me tenía durante el día expectante, a la siga de juntar mis pasos actuales a los pasos soñados. De ocurrir, sueño y realidad se habrían urdido, y mi voz habría entonado la canción transversal.
Pero, hasta donde yo sé, la noche sólo me trae restos, o el día únicamente un plato desbordante.
Pero soñé despierto con unos ojos de armiño, entrevistos sin faz que los sostengan, unos puros ojos que todo su rostro eclipsaban.
Soñaba, asimismo, una carrera terminante en un hombro al descubierto. Era verano y todas las carreras y los caminos terminaban en ese hombro desnudo.

La sombra de una estrella arrumbada en un rincón.

Hasta que soñé contigo, primer y último amor, único amor. Ibamos totalmente desmentidos, llevando intermitentemente las manos llenas de arena de tiempo.

Reseña sobre obra de Fulvio Valle


Fulvio Valle aceptó de buena gana mi intento por reseñar este dibujo, cuyo título es Cachos y una Mano (14 cm x 24 cm, técnica digital). Fulvio me advirtió que recién empezaba su trabajo artístico computacional, así es que era probable que sus Cachos llevaran el sueño del óleo y el pincel. Llevándolo o no este sueño, el hecho manifiesto es que esta obra en se levanta en un mundo blanco, definitivamente blanco. Tal vez toda obra computacional se levante sobre un fondo y superficie definitiva, ajena al amarillo o al color del desgaste del desgaire.

Respecto a la imagen, cabe destacar que la mano que funciona como semihorizonte, enmarcada por un verde jaspeado de rojo aguado, no se sabe de dónde viene, sino de donde Fulvio ha hecho peso y confusión: la fracción izquierda del módulo. En efecto, donde hubiera cuerpo, trazas de masa y voluminosidad, hemos de esperar vérnoslas con que algo (animal o inerte) escape o sea expulsado de allí.

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