Tal vez el mar


Estábamos sentadas en las faldas de un cerro, y gritábamos palabras cortas para emocionarnos con su eco. Divisamos un arroyo corriendo por entre macizos de piedra. Luego de hacer miles de juegos con nuestras voces, guardamos silencio. Nos habíamos propuesto alcanzar la cima y aún nos quedaba tiempo. Faltarían unas tres horas para que se fuera la luz.
–¿Qué piensas?
–Nada. Sólo en que aquí me siento cómoda. Lástima que tendremos que bajar. –Sí. ¿Por qué no poder permanecer en donde todo está tan de acuerdo consigo mismo: el pájaro, ese, con las ramas de los árboles, el viento con el paraje? –No sé. ¿Cómo quieres que te lo explique? Para la naturaleza no existen razones. –Puede ser pero... –Elisa no terminó lo que iba a decirle a su prima, pues justo se oyó allá abajo un ruido fuerte, como el de una bomba. –Qué fue eso. –Deben de estar talando. Imagina que la próxima vez que subamos nada estará igual. Habrán forestado con pinos o eucaliptos, y en una de esas ni siquiera, a causa de esto, el eco nos responderá. -Ay Elisa, siempre tú tan exagerada. Yo, en cambio, no creo que tal ruido haya sido el de un árbol. Ellos cuando caen no suenan tan fuerte. Me tinca que alguien anda cazando. Pobres animalitos, su vida es huir sin encontrar nunca un lugar donde desarrollarse en paz. Y como no tienen la noción de fronteras, incluso los parques destinados para su conservación les quedan chicos. -Es una escopeta. Ahí disparó de nuevo, el muy canalla. No vaya a ser que nos confunda, prima, y nos hagamos cumbre. Vamos. -Vamos. Nos paramos, entonces, con sigilo. No queríamos despertar el apetito ciego del cazador. Es, de cierto modo, frecuente ser alcanzada por una bala loca. Estos tipos están en contra de todo lo que se mueva. Así, nuestros pasos, debido a lo escarpado, parecían los de las cabras. Caminábamos clavando las puntas de los zapatos, buscando con la mirada, con el instinto montaraz que nos es propio (fuimos criadas entre estos cerros), el terreno menos quebradizo –para seguir subiendo. Resbalarnos a esa altura, al borde de un abismante declive, si la mala fortuna nos tocaba con su maligna garra, que nos destrozáramos la cabeza no habría sido nada del otro mundo. Es más, mientras emprendíamos los pedazos más dificultosos, íbamos muy cerca la una de la otra, como si dependiéramos mutuamente. Con todo, porque todavía éramos un tanto niñas, nos sentíamos cruzando algo tremendo, roqueríos inmensos. Y tras habernos aproximado mucho a lo más alto, nos detuvimos para repasar lo alcanzado hasta ahora. Era nuestra segunda parada. La cumbre, por decirlo de alguna manera, estaba a tiro del cañón. –¿Cómo te sientes, Elisa? –Bien, prima, transpirando no más. –Yo también. ¿Por qué no esperamos un poco? Luego seguimos, se ve tan lindo desde acá. –Sí, demasiado. Esto de estar lejos de la familia, por sobre ella mejor dicho, me da la sensación de no formar parte de ella, de no tener ningún lazo, a excepción del nuestro. La sensación de ser... Elisa, el escuchar lo que decía su prima, abrió los brazos lo más que pudo y suspiró: –¿De ser libre...? no te entiendo muy bien primita. Por mi parte, la libertad que encuentras en lugares como este no me es del todo dulce. Ser libre no dura un momento: desde que salimos de casa hasta que volvamos; ser libre ha de durar la vida entera. –Elisa, Elisa, el mundo no es tan feo. Lo que yo te quería expresar no era más que un sentimiento. ¿Por qué motivo no he de sentirme libre si aquí no hay nadie que me dé órdenes: “Asunción, anda a buscar un poco de leña; quédate dormida que ya es tarde, mañana tienes clases; no hagas esto, no toques eso”. –Allá tú, pero lo que es yo, no me conformo con tan poco. Sería mejor que no sigamos hablando de eso. Al parecer nos entendemos demasiado bien para pelearnos porque no concordamos en un punto. Yo me doy perfecta cuenta que tu libertad se resume en vista de la libertad, de este cielo sin nubes, de esta panorámica de irregulares horizontes. –Bueno. Yo también llego a comprender cuán angosta es mi idea al respecto. Pero ¿qué es la libertad sino un instante en que todo se entrega, en que incluso nuestro cansancio desaparece? –No sé entonces. Tal vez algún día encontraré la libertad que busco. Hay que intentar lo grande, prima. Ese es el único consejo que te podría dar. Sabes muy bien que no acostumbro aconsejar a nadie, pero me vi obligada a hacerlo. –No, no importa. Nunca está de más. Anda a saber tú si lo que me dices se me hunde en el corazón, y que mi efímera libertad –(Asunción respira hondo, y Elisa pone una de sus manos sobre una de sus rodillas)- acabe por desalojar mi pecho. No creo que sea dable vivir sin la más remota intuición de lo que es ser libre, exista o no su palabra en el diccionario. –Quién sabe. Escucha... –Otro disparo. –Y otro más. Y eso que queríamos oír el ruido del viento, el canto de los pájaros, nuestra propia respiración... –Asunción, quizás porque no estaba acostumbrada a que la toquen, menos su prima Elisa, mientras se oía disparar, le sacó la mano-. Disculpa, pero las muestras de cariño me dan susto. Entiéndeme, desde que el tío Roberto se aprovechó de mí, manoseándome hasta decir basta, no las miro con buenos ojos. –¿Y se te ocurre, tontona, que siendo yo mujer igual que tú sería capaz de convertirme en el tío Roberto? –No –dijo Asunción-, pero me contaron el otro día que las mujeres también podían amarse entre sí. Seré una tonta. Pero desde que el tío se aprovechó de mí me dan miedo incluso los arrumacos de mi padre y de mi madre. No sé cómo sacarme de encima la idea de que la gente no es malintencionada. Elisa, no te enojes conmigo, pronto se me pasará. –Ay, Asunción, si yo sólo quería darte una muestra de mi cariño. Darte a entender que estaba contigo, que me tenía muy emocionada oírte hablar así de la libertad. Tú piensas así, según veo, porque has sufrido, y un instante lejos de allí te inflama el corazón, te hace verdaderamente libre. –¿Entonces nuestros pensamientos estarían determinados por nuestras circunstancias? –Exacto. ¿Ves ahora que conversando se aclaran los problemas? –aquí Elisa puso de nuevo su mano sobre la rodilla de Asunción, sin que esta intentara quitársela de encima. Cerramos la boca, no teníamos qué decirnos y, sentadas en unos asientos improvisados, de miles de años, abrimos los ojos. Nos perdimos en la contemplación del paisaje. Ya no había contacto físico entre ambas. (Elisa, al ver confirmada la apertura de su prima respecto a las muestras de cariño, retiró su mano). El esfuerzo anterior aún pesaba sobre nosotras. En cosa de minutos nuestras pulsaciones recuperarían su ritmo habitual. Era cosa de minutos, por tanto, partir por lo que nos quedaba. No obstante, permanecimos sin movernos, como si nos hubiéramos negado a subir lo restante con rapidez. Estábamos más que bien. Nos habíamos entendido en lo medular. Las palabras nuevamente no tenían cabida. La hora corría a nuestro favor. Al parecer, tendríamos tiempo para mirar desde la cúspide los bosques que se hallaban del otro lado, detrás de este cerro el cual coronaremos con nuestra lozanía. –¿Pero qué te parece todo? –intervino Asunción con una voz tan blanda que no desentonó con la armonía ejecutada por el ambiente. –¿Aquí o en todas partes? –le replicó Elisa destempladamente–. Abajo –añadió ella apuntando el valle– es natural ser como un loro, pero aquí, por el contrario, no basta siquiera ser piedra. Por un instante creí que ambas lo intentábamos. Tú, a pesar de parecer inerte, mantenías un diálogo interno. No se pregunta sin antes haber encontrado razones para hacerlo. –Ya. Y mirándonos de reojo, recelosa esta vez la una de la otra, volvimos dentro de lo posible al mudo estado anterior. Contemplábamos y nada más. La extraña disposición de las piedras, sus cortes y curvaturas, las bandadas escasas y perdidas en la inmensidad del cielo, nuestras propias formas reveladas de súbito por atisbos involuntarios. Era muy poco lo que nos disturbaba. Cada vez era menos. Aún no tocábamos los recovecos de nuestra intimidad. Éramos ajenas a nosotras mismas, y en eso fundábamos nuestro futuro. Nos situábamos en la justa intermitencia, donde solo la música atmosférica entraba. Nosotras nos ausentábamos. Mientras así nos divertíamos, retumbó demasiado cerca nuestro otro cañonazo. En vano buscamos la herida. –¡Ey, cuidado, hay gente aquí! –¡Hola, hola! –dijo Asunción, abrazándose a Elisa. –Calma, niña, ¿no esperemos que este imbécil nos acierte? Será mejor que nos levantemos. Arriba no habrá nada que le interese, allí los conejos nunca habrían su cueva. –Tienes razón. Yo, así como me llamo Asunción Cabañas, te apuesto a que llego antes. Uno, dos, tres y... –ella, sin embargo, tras ponerse de pie vino y piso un peñasco suelto... –Ja. No compitamos, prima, no hay por qué. Vamos juntas y tranquilas. Dame la mano, eso, uno dos, tres, ¡upa! –Gracias, aunque subamos agazapadas. ¿Quién sabe si éste nos anda persiguiendo a nosotras? Cada vez ha tirado más cerca. Partimos entonces caminando. A veces, debido a la inclinación del terreno, fuimos en cuatro patas. Funcionábamos a la perfección: respiración que se ajustaba sincrónicamente a nuestro andar. Todo en nosotras era aire. –No nos falta nada, Asunción. –Elisa, se me ocurre creer que allá, al otro lado del cerro, daré con la libertad. Ella siempre está al envés –Ojalá. Pero lleguemos primero, uf. E hicimos cumbre. A lo lejos vimos unas nubes prontas a esfumarse en el azul gastado de la tarde. Atronó una nueva descarga. Guardamos silencio. El viento, que allí se encrespaba, desordenó nuestras cabelleras morenas. El viento, además, helaba nuestras orejas, zumbante. Anhelamos una escalera, otro cerro después de este. ¿Nos faltaba algo? Sentimos como si siempre hubiésemos estado ahí. ¡Cómo expresar la sensación de recurrencia que sentimos! Queríamos lo abrupto, lo punzante, lo desconocido. El cielo: el mismo. Los bosques: los mismos. Habría sido mil veces mejor ahogarnos en ese momento, tragar una vía completa de aire. Entrábamos en un ámbito ya previsto. Crecíamos de golpe. –Bonito, ¿no? –Bonito. –¿Qué? –Esto, ¿verdad? –Sí. Entretanto, Elisa pensaba: “Los cuervos se llevan la coronta de las víctimas. No hay altura después de esta, ¡cuál mundo sin esperanza!” Después, en un suspiro, dijo: –Mar... –¿Nos vamos, dices? –Sí. Ninguna de las dos quería atravesar a oscuras el bosque que protegía a su pueblo. Así que bajamos rápido, como rocas despeñadas, pero concientes de donde poníamos nuestros pies. Durante la bajada únicamente supimos de nuestros desplazamientos. Si el cazador disparó de nuevo, ni lo oímos ni nos acertó. Seguramente, la libertad se levantó del suelo apenas dimos un paso atrás. Ya en el pueblo nos despedimos la una de la otra. Desde entonces soñábamos con conocer el mar...

(Profecía)


Así como las estrellas tienen su guarida en mi
pecho,
nos veremos y caerás rendida,
ebria de amor.

El pájaro oscuro de la esperanza
entonces se dormirá en nuestras manos.

El mundo parirá el mundo,
y un viento fresco perseguirá nuestros pasos.

Aleluya



No llovía afuera, no había manos en las ventanas ni ningún helicóptero surcando los cielos. No había nada,
y entonces concurrió desde un vértice un aeroestático,
un globo, una piñata inmensa que al hacer explosión
llenó los campos de dulces. No había
ni un niño a la redonda. Yo estaba muerto, sin sepultura,
esqueleto dormido a la sombra de una higuera.


Cuando se desprendió mi clavícula, arrastrando consigo
una multitud de huesos menores, se sobresaltó un tucán
que justo dormitaba en el árbol.


De retornar la carne y de vivir, el milagro no entendería
cómo juntarme; de retornar la carne y de vivir, la tal clavícula
quedaría sobre la muñeca derecha y la columna donde los brazos.
Aleluya.

UT Installation









La instalación UT (Unidad de Tratamiento) consta de 4 fotografías (Camillas, 57 cm. de alto x 1, 23 cm de ancho; Pasillo y Cama: 73 cm x 49 cm, y Pabellón: 1,09 cm x 72 cm). Estas fotografías las tomó Magdalena Contreras en el Hospital Luis Tisné B., comuna de Peñalolén, gracias al gentil apoyo de Pilar Macho, médica-anestesista en dicho establecimiento. Las diversas ampliaciones fotográficas fueron hechas en foamex de 5 cm. de espesor, técnica de impresión usada en carteles publicitarios.

***
UT
es una oportunidad para sentirse en tratamiento hospitalario dondequiera que se instale. Preferentemente habrá de instalarse en habitaciones ascépticas, de muros blancos y liberados de cualquier otra carga semántica, de modo de acostarse y únicamente ver el decorado. Los hospitales son centros de dolor y enfermedad tanto como de nacimiento y sanación. Por esto, UT no pasaría indiferente, en tanto cada quien llevará consigo una distinta valoración para estos lugares.
Con todo, si quien la instala en su pieza se encuentra muy sano, se habría de sentir extrañamente enfermo, y entonces no tardará en desmontarla y echarla al olvido. No es, en definitiva, recomendable perseverar en su exposición, ya que se podría creer enfermo terminal. Acaso lo más interesante de UT Installation ocurre cuando el o la abonada se siente pésimo y le urge hospitalizarse por un periodo. El hecho de desintalarla, por este hecho, hace de símbolo de cura. Finalmente, la invitación es a superar un estado traumático; salir de UT renovado o renovada.

Abónese llamando al 8-188 83 72



Repliegue verbal: Una consecuencia lexicográfica


Un cuerpo, y que habla al estilo de El mono gramático de Octavio Paz. Es muy poco lo que vengo a decir, palabra hinchada y delincuente, delictiva únicamente en razón de la envidia a las planas llenas y colmadas, gran diccionario articulado y vivo, voces que se desprenden del sentido llevado por el resto, exceptuados tecnicismos que son la melancolía de la piedra. Por eso los lexicones recorren los fondos marinos, y rara vez rescatamos el pez jurásico. El imperio de la ciencia, es imperante tener un Mapudungún entonces dado a los giros de la carta universitaria international. La academia se desvive convirtiendo, trasladando, maquillando lo apenas distinto, para que suene y valga. Loable misión aunque refleje un Quijote descarnado, lo que no es nada nuevo. Así, el Chileno busca oídos y viene callando, rompiéndose en los suburbios a falta de aire en los pasillos. Como vamos, vamos a necesitar el beneplácito o anuencia real para confirmar lo predicho. Y el lenguaje que se basta a sí mismo, que se hunde y de pronto presta sentido, se acovacha ante el croar de la sapiencia. Si desentendiéramos a este sapo, –que no embrujado sino brujo– acaso volveríamos a encontrar los nombres perdidos, muertos en el glosario de esta lengua.

Como dijo Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor



Dos soles, uno al lado del otro, parecerían uno, como dos flores de cardo enredadas entre sí. Habiéndolos, ¿habría también dos lunas? Probablemente; aunque estas menguarían y crescerían en sentido contrario, con lo cual cuando luna llena, luna nueva. Y tendríamos que cerrar un ojo para hacer la noche cerrada, un ojo o todas las ventanas. En todo caso, sería un mundo muy distinto, tanto como si hubiera otra tierra, orbitando en el espacio universal, pegada a esta.

Claritza

Había vuelto de los cursos de verano en los que había hecho migas con casi todos sus compañeros, a excepción de un chico de modos ladinos y tez mate. Ella lo había pasado “genial”, y aprendido mucho deportivamente; las naciones eran su juego preferido.

Había vuelto, quedándole todavía más de la mitad del verano por delante. No más llegó a su casa, olió el aire espeso que allí se respiraba.
Antes de volver ni lo había pensado, pero una vez llegada lo recordó todo. Claritza por su parte era de modales tiernuchos y su rostro delataba sentimentalismo, además de ser un poco paliducha.
Recordó, así, a su abuela siempre regañando a su madre quien la atendía casi en todo, a su padre y a la tía Maru que estaba enconada con ella desde que supo que participaría de estos cursos. El encono suele ser inmotivado y gratuito, Claritza cumplió con mostrarse a su tía insolentemente despreocupada por lo que fuese decirle.

Sus cosas estaban tal cual las había dejado antes de partir, tan sólo echó en falta uno de sus lápices de colores que a sus ojos eran fantásticos; se los había regalado su padrino del extranjero.

Todos estaban en casa y ninguno sabía nada de ese lápiz color basalto. Pero Claritza, sin embargo, sospechaba de su madre tanto como de la tía Maru. Quiso cerciorarse por sus propios medios, y se puso a revisar las pertenencias de su tía en sus mismas narices. Y eso no le gustó, su palabra bastaba. Se armó la grande, terminaron gritándose.

El lápiz, a las semanas de este episodio, apareció debajo de su almohada.

Al día siguiente entraba a clases. ¡Qué feliz que parecía! Sólo el chico ladino y de tez mate enturbió ligeramente su entusiasmo. Su completa caja de lápices la iluminaba de sobra.

Triunvirato



El padecimiento hace en los intestinos
de la bruja o de su perro que es ella misma
un líquido viscoso capaz de toda la felicidad.
Y no es falso sino dudoso que la succión
de esta sustancia sea por vía umbilical
ya que la boca, tras el nacimiento,
reemplaza el ombligo como puerta
de entrada para brebajes y sólidos.
Pero lo que sí es probable es que
el padecer infausto -con el perro,
con la bruja, con los flujos intestinales-
desaparece y abre paso al encanto,
al más alegre triunvirato que existe.





Ilustraciones de Vicente I




¿Cómo llegamos a esta situación?
Hagamos memoria. Veníamos de almorzar todos juntos y yo, con los hijos de mi hermana, jugábamos a desarmar un transformador de láminas de hierro.
Sebastián –el menor– me acuerdo que ya no se interesaba en el desarme; su hermano mayor no le daba cabida. ¡Tan entusiasmado estaba Agustín, que ni siquiera yo podía colaborarle!
Mi recuerdo se espesa: ¿Qué es lo que hacían?
Agustín, excitado, desarmaba el transformador.
Y Sebastián, a falta de transformadores, se puso a escarbar la tierra; recostado sobre el pasto, parecía haber encontrado un juego tan entretenido como el de desarmar algo que pudiese tener un corazón secreto. Supuse que había dado con un chanchito de tierra o lombrices.

Agustín, una vez que tuvo todas las piezas
repartidas por el suelo (el transformador no resultó ser más que un puñado de escombros), fue adonde su hermanito, apoderándose enseguida de la alimaña.
Sebastián no se hizo drama y, dejándolo hacer, se dirigió él hacia el transformador. Miró piezas al revés y al derecho, y acercando una de estas láminas hasta sus ojos, zas, vio cualquier cosa.
¿Qué pasó, de pronto, que nosotros tres terminamos formando parte de esta historia, llena de sombras e intrigas?

Con Sebastián de cara a los restos del transformador, con Agustín ya habiendo cercenado a la lombriz, conmigo medio atontado por la menta que nos servimos de bajativo.
¿Qué hiciste Sebastián con el transformador? Ahora recuerdo: empezaste a rearmarlo a tu antojo. Y que justo cuando creíste listo el ensamblaje, se
te avino tu hermano, con parte de la lombriz y una plan entre manos.
–Seba, mira, pongamos esta adentro y lo enchufamos y vemos qué sale. Préstamelo, yo la pongo.
Sebita no regañó. Por fin los dos hermanos jugaban juntos.
La irreconocible lombriz ocupó así el desocupado centro del transformador.
Yo olvidé advertirles de los rencores de la corriente.
Me uní al grupo de los grandes.

Los grandes se acomodaban sin éxito en sus sillas.
–Al ser humano, interrumpí, le falta algo gusanesco: poder encogerse, poder luego engordar gratuitamente.
Pero nadie se entusiasmo con mi comentario. Hablaban de otra cosa.
–Voy y vuelvo, dije, ¿qué estarán haciendo los niños?
Presentía algo, ese transformador merece toda nuestra desconfianza.
Sebastián miraba absorto el “transformador”, que además de chirriar echaba pus. La inocencia de los niños, el Seba exclamó:
–Mira, Agu, eso masca chicle y sabe hacer globos.
–Oye, atinó a decir el otro, ¡va a explotar!
Sebastián estaba inamovible, el invento lo tenía completamente cautivo. Agustín, entonces, se fue a esconder detrás de mí, que me ocurría algo casi idéntico a Sebastián. Ninguno, en suma, quiso perderse de nada.

El chirrido, el tsh que avisa disfuncionalidad eléctrica, no era de temer. Y no siéndolo, no me preocupé ni pedí que lo desenchufaran. La verdad es que todo esto me tenía demasiado expectante como para detener el curso de los eventos.
Agustín, que me piñiscaba de puro nervio, dijo: –¿Una lombriz que se transforma en un
monstruo abominable?
En fin, ¿qué fue lo que ocurrió? En este caso puntual, entre más cerca de los hechos, menos clara es que tengo la película.
Bueno, Agustín dijo eso de la lombriz vuelta monstruo, y Sebastián, sin pensarlo, se decidió a desenchufar el transformador. El enchufe se había pegado, y todas las miradas recayeron en mí.

Me vieran… no tengo trazas de héroe. Sin embargo, ¿quién, ¿Agustín?, iba a desenchufar el enchufe pegado?
Ya está: fuíme donde reside con sus dos o tres ojos negros la energía eléctrica, y tiré…
Con el cable en la mano se apagó el tsh, y esperamos a que el transformador parara de gorgotear. Sobre la alfombra, un líquido verde y pastoso dejaba constancia de los hechos.

Los niños, tan pronto como desactivé la máquina, partieron hacia ella, cuidadosamente. ¡No vaya a ser como el erizo o el guanaco, que escupen al peligro!

Su inspección fue pedestre. Ambos hermanos, cuál primero, cuál después, le dio una patadita para ver cómo reaccionaba. A causa de semejante escrutinio, yo me vi forzando la vista. Ni uno de los tres vio nada raro.
¿Pero cuándo sucedió lo que se me enreda en la garganta? Ahora me gustaría que alguien otro fuera y dijera esto sí, esto no corresponde a la realidad.
Agustín, no harto, volvió en seguida a conectar la máquina. Ya se imaginarán lo que sucedió: el tsh, la reanimación de la goma, probablemente de origen larval.
El efecto de la conexión fue mucho menos intenso.

Pero Sebastián rompió en llanto, y balbuceó:
–no qlería esho.
Y Agustín repuso: –No te hagas, siempre decís lo mismo.
Luego de esta escena, muy teatral, el transformador empezó a desplegarse, a hacer de las suyas.
–Oh pestañeo, noche personal y común, momento oscuro en que vimos lo que vimos.


¿Qué se desarrollaba entre las placas de este convertidor eléctrico? Todos tenemos alguna ceguera, es decir, alguna impresión vedada.
A los segundos, se cayeron los tapones; se cortó la luz. Aparte de nosotros, nadie reparó en el corte. Podríamos haber jugado a la gallinita ciega.
El transformador irradiaba la luz del platino, la cual abría surcos en la imaginación, incluso en la mía, ya surcada y llena de atajos.
El transformador allí sobre la alfombra, con la baba verde entorno, parecía una isla, el Kremlin rodeado por la fanaticada revolucionaria.









Crisis

La realidad: trastos empolvados
que serían tesoros.
Indefensión:
a Vallejo le daban duro con un palo.
¿A qué asirme?
¿A la teta trágica de mi madre
o a una providencia imprevista?

Ofelia es llevada por la corriente.



Comentario: Crisis se escribe sobre una base simbólica. La realidad visible, aparentemente tosca y ordinaria, simbolizada por aquellos "trastos empolvados", pudiera entender un simulacro; de ahí que éstos puedan resultar tesoros. Pero se cita a Vallejo maltratado, la realidad apaleándolo y escociéndolo; en el "cholo" Vallejo, sin embargo, no se supone ulteriormente la caricia ni el cariño, sino una realidad implacable y ofensiva. La eventualidad del tesoro, con ello, parece alejarse.
Retornar a la madre, que es el seno de lo real, es trágico, significa una especie renuncia a la vida expuesta. La providencia, por otra parte, al presentarse como imprevista, puede llegar a destiempo...

Si Ofelia no se hubiese lanzado bruscamente en las aguas oscuras, la realidad pudiera haberla colmado de bienes.

Extensión Intensión

El cielo se arremolinaba como vahído
sin encontrar una marca, algún tope;
es que el disco sobre el campo
parecía un perro desaforado,
el disco, el platillo, la ranura abierta
y abriéndose.

II

Lo que se derrama como líquido lade-
ado. Entonces fue que gritó el verraco
y el bellaco (sus voces igualadas) dejando
ver en el durante una única lengua
de ternero.

Pero eso no significó que
el oído fuera tuba, cuerno, altavoz
impar; eso no significó nada. Un olvido,
un acaso,
como la atención de los cortinajes
o los pantalones. Y una forma repentina
e iracunda, desde la masa, emergió y acogotó.

Mis pájaros


Los pájaros llegan a ser semillas por la fecundidad de sus alas. Ellos han volado y dejan a los perros husmeando la tierra. Los pájaros volaron lejos a enfrentarse con sus propios demonios.
Si cayera alguna vez algún relámpago que a los perros muerda,
así es como encienden los pájaros de mi vida las llamas de la muerte.

La marisma



Me hundí en la marisma, no digamos que vi fuegos fatuos. Sus bordes eran un bodrio, zancudos se recostaban sobre las estables aguas.
Me hundí y digamos que fue abierto el envoltorio del silencio.
Como un barril resonante, oí el choque entre mis dos corridas de dientes. Después cesó todo, incluso la redacción.


Felisberta Pach



Roca, es entonces que recuerdo los roqueríos que crucé y que, ahora imaginando, habré de cruzar con el cuerpo que tuviera. Es largo de contar, pero no me demoro. Ayer me topé con la señora mamá de un compañero que no veía, y me dijo que Juan Roberto partió a España y que, desde que se fuera harán dos meses, sólo recién había tenido noticias suyas. Ella estaba la mar de contenta. Después de eso, descubrí un collar entre sus manos, un collar de perro el cual llevaba el nombre de Pili. El caso es que ese nombre me trajo a la memoria a quien he querido, en vano, olvidar. A Felisberta Pach.

ORDEN


La noche tenía cara de hijo,
mientras que el hombre y rondín no tenía cara

sólo un amague de presencia y ser.


El sol fue implantándose en la verdura,
en las techumbres, sutilmente,
a la manera de lo que es gradual.


El hombre hizo del tiempo desgranado su ración;
y la noche, al amanecer,
se disolvió en grumos.

COPO


Ahora que te salieron las patas de gallo, podrás echarme en cara mi Notre Dâme, mi cuello emplumado. Hagamos las paces entre este mastín cojo y este caballo con el lomo ensangretado, flores de sangre a flor de piel. Llámame, Pilar. A veces se me infla la boca de arroz y en ese cuándo sólo digo: copo. Claro, el viejo que nos miraba (o te miraba) desde una de las mesas del Halcón, no lo he vuelto a ver.

El tarareo matutino


Oí el tarareo matutino; es la luz, los secretos dulces de sobremesa, el desliz, el robo, la pregunta enorme. Y, aunque la bandada hacía un arco, estaba el viento, el árbol renegrido, el rocío reciente.


La curva que desvirtúa el recorrido fue producto de una irrupción natural, como los Andes donde recogió fósiles marinos un púber. Este irrumpir de la naturaleza, sin embargo, no fue sino súbito, como el espanto de la niña del lago siempre que visitaba de noche a los vecinos, teniendo que cruzar un pinar.
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Nació, así, la curva.
Toda recta rasante supone, en el planeta, rodeos. Aunque cupiera tirar un trazo sin tope, justo entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Pero la intelectualización, cuando se trata de levantamientos telúricos, parece una campanilla de llamado sin badajo o con un badajo de goma. En todo caso, la niña del lago -debido a la reiteración de su visita nocturna- acabó desafiando en silencio a los trasgos del bosque, que tampoco se hicieron presentes. Ella creció, luego, a la velocidad con que una piedra cae, vertiginosa y ciegamente.
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El hecho de la curva, pese a las jorobas, no habla de que, a la vuelta, la cascabel ataque su cola. Es más, la irrupción es antecedida por una latencia gestada en un beso, como el beso que se dieran unos muchachos, con un cerro de fondo y el mar de fondo.

Sueño


Gestación, lugar. Allí fue donde viste por primera vez conductos y agarraderas. Yo estaba inquieto con la humadera que salía del fuego. El andino con quien compartíamos era de lo más amable. De pronto, un avechucho se dejó oír y, levantando la cabeza buscándole, nos pasmamos con lo estrellado que estaba:



Soñaba con confirmar lo soñado una vez despierto. Era un sueño pertinaz; me tenía durante el día expectante, a la siga de juntar mis pasos actuales a los pasos soñados. De ocurrir, sueño y realidad se habrían urdido, y mi voz habría entonado la canción transversal.
Pero, hasta donde yo sé, la noche sólo me trae restos, o el día únicamente un plato desbordante.
Pero soñé despierto con unos ojos de armiño, entrevistos sin faz que los sostengan, unos puros ojos que todo su rostro eclipsaban.
Soñaba, asimismo, una carrera terminante en un hombro al descubierto. Era verano y todas las carreras y los caminos terminaban en ese hombro desnudo.

La sombra de una estrella arrumbada en un rincón.

Hasta que soñé contigo, primer y último amor, único amor. Ibamos totalmente desmentidos, llevando intermitentemente las manos llenas de arena de tiempo.

...

...
...