El tarareo matutino


Oí el tarareo matutino; es la luz, los secretos dulces de sobremesa, el desliz, el robo, la pregunta enorme. Y, aunque la bandada hacía un arco, estaba el viento, el árbol renegrido, el rocío reciente.


La curva que desvirtúa el recorrido fue producto de una irrupción natural, como los Andes donde recogió fósiles marinos un púber. Este irrumpir de la naturaleza, sin embargo, no fue sino súbito, como el espanto de la niña del lago siempre que visitaba de noche a los vecinos, teniendo que cruzar un pinar.
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Nació, así, la curva.
Toda recta rasante supone, en el planeta, rodeos. Aunque cupiera tirar un trazo sin tope, justo entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Pero la intelectualización, cuando se trata de levantamientos telúricos, parece una campanilla de llamado sin badajo o con un badajo de goma. En todo caso, la niña del lago -debido a la reiteración de su visita nocturna- acabó desafiando en silencio a los trasgos del bosque, que tampoco se hicieron presentes. Ella creció, luego, a la velocidad con que una piedra cae, vertiginosa y ciegamente.
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El hecho de la curva, pese a las jorobas, no habla de que, a la vuelta, la cascabel ataque su cola. Es más, la irrupción es antecedida por una latencia gestada en un beso, como el beso que se dieran unos muchachos, con un cerro de fondo y el mar de fondo.

Sueño


Gestación, lugar. Allí fue donde viste por primera vez conductos y agarraderas. Yo estaba inquieto con la humadera que salía del fuego. El andino con quien compartíamos era de lo más amable. De pronto, un avechucho se dejó oír y, levantando la cabeza buscándole, nos pasmamos con lo estrellado que estaba:



Soñaba con confirmar lo soñado una vez despierto. Era un sueño pertinaz; me tenía durante el día expectante, a la siga de juntar mis pasos actuales a los pasos soñados. De ocurrir, sueño y realidad se habrían urdido, y mi voz habría entonado la canción transversal.
Pero, hasta donde yo sé, la noche sólo me trae restos, o el día únicamente un plato desbordante.
Pero soñé despierto con unos ojos de armiño, entrevistos sin faz que los sostengan, unos puros ojos que todo su rostro eclipsaban.
Soñaba, asimismo, una carrera terminante en un hombro al descubierto. Era verano y todas las carreras y los caminos terminaban en ese hombro desnudo.

La sombra de una estrella arrumbada en un rincón.

Hasta que soñé contigo, primer y último amor, único amor. Ibamos totalmente desmentidos, llevando intermitentemente las manos llenas de arena de tiempo.

Reseña sobre obra de Fulvio Valle


Fulvio Valle aceptó de buena gana mi intento por reseñar este dibujo, cuyo título es Cachos y una Mano (14 cm x 24 cm, técnica digital). Fulvio me advirtió que recién empezaba su trabajo artístico computacional, así es que era probable que sus Cachos llevaran el sueño del óleo y el pincel. Llevándolo o no este sueño, el hecho manifiesto es que esta obra en se levanta en un mundo blanco, definitivamente blanco. Tal vez toda obra computacional se levante sobre un fondo y superficie definitiva, ajena al amarillo o al color del desgaste del desgaire.

Respecto a la imagen, cabe destacar que la mano que funciona como semihorizonte, enmarcada por un verde jaspeado de rojo aguado, no se sabe de dónde viene, sino de donde Fulvio ha hecho peso y confusión: la fracción izquierda del módulo. En efecto, donde hubiera cuerpo, trazas de masa y voluminosidad, hemos de esperar vérnoslas con que algo (animal o inerte) escape o sea expulsado de allí.

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