Aleluya



No llovía afuera, no había manos en las ventanas ni ningún helicóptero surcando los cielos. No había nada,
y entonces concurrió desde un vértice un aeroestático,
un globo, una piñata inmensa que al hacer explosión
llenó los campos de dulces. No había
ni un niño a la redonda. Yo estaba muerto, sin sepultura,
esqueleto dormido a la sombra de una higuera.


Cuando se desprendió mi clavícula, arrastrando consigo
una multitud de huesos menores, se sobresaltó un tucán
que justo dormitaba en el árbol.


De retornar la carne y de vivir, el milagro no entendería
cómo juntarme; de retornar la carne y de vivir, la tal clavícula
quedaría sobre la muñeca derecha y la columna donde los brazos.
Aleluya.

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