Tendrás que cuidar tu rostro,
mantenerte firme, en vida,
viviendo, vivo hasta el final.
Boris Pasternak


Ni un peso, la funesta sensación de que este estado se establece como la nariz. ¿Solo la cadavérica muerte cambia el orden de las cosas? Omar se sentía morir, pero al enterarse de lo que sentía halló cómico todo, falsamente cómico. Su impasse monetario le invitaba a poner cara de inquietud, a inventarse tics para tranquilizarse como los expertos en la materia.

¡Pero un camión venía directo en contra suya!
Durante este tiempo, es decir, desde que Omar se ofuscó hasta la conquista de la berma, él estuvo parado en medio de la calle.

El vehículo se condujo de acuerdo a sus expectativas y, sin embargo, el conductor se le adelantó a punta de bocinazos. No para evitar un atropello sino para amonestarlo. Su amonestación le caló hasta los huesos, de ahí que lo maldijera.

Estos ires y venires le parecieron enredados al mismo Omar, no sabía por qué había ido de allá para acá, si iba para allá solamente. Forzó su memoria, el bocineo lo había traído de vuelta.

Error, alarma, rectificación del error, rectificación errónea, alarma, etc.

Le quedaban, en verdad, unas monedas, pero la imagen de que estaban en franca desaparición se le imponía. Pero ahora respiraba animoso. Andando, se dijo. Y luego llamó a una puerta. Golpeó primero muy suave, luego más fuerte y a lo último a tambor batiente. Raimundo parecía no estar, pero debería… Habían pactado una cita hace horas.

–¡Raimundo! –exclamó Omar intentando producir una voz punzante, que no sonara en demasía. Espero respuesta.
Llegó a apostarse sobre la puerta y mirar a un lado y otro para ver si venía desde afuera. Con sus manos en las espaldas, tamborileaba sobre la puerta. Oyó en eso un gruñido. Era Blas, el perro de su antiguo camarada, recordó su nombre sin siquiera preguntárselo.

–Guav, guaf –ladró Omar y Blas, porque Blas era, no le gruñó de nuevo.

Se empezaba a aburrir. A su cara le cabía (como a todas) parangonarse con la de un animal. La suya mediaba entre el hipopótamo y la liebre.

Vestía sin mayor decoro, se notaba a la legua que su ropa gozaba del planchado natural. Sus pantalones de mezclilla lucían singularmente un mancha de aceite sobre el costado exterior del muslo de su pierna derecha.
La tediosa espera hizo que una curiosa, desde un ventana, se percatase de Omar. Ella creyó contar con los derechos para mirarlo descaradamente, porque miraba en ignorancia de su indiscreción. Él la tenía vista; no le entusiasmaba la idea de hacérselo saber directamente y, por ello, empezó a exhibirse de perfil, de espaldas…, esto a ella no le hizo mayor gracia y desapareció cuando Omar, en una de sus tantas poses, miraba la puerta.

Tal pose, cuando volvió a hacerla, se prolongó más de lo estipulado. Había descubierto una nota: “DISCULPA, OMAR, TUVE UN CONTRATIEMPO. NO LLEGARÉ. SALUDOS, RAIMUNDO” Estaba escrita a la rápida y su lector trataba de entenderla pese a su mala caligrafía. Lo entiendo de todas formas, era Omar quien decidía si entender o no. Fue entonces cuando se volvió vertiginosamente. La ventana estaba ahora incluso con las persianas corridas. Se sentó en el descansillo de la puerta. Se dirá que contemplaba.
Pero él dirá que maquinaba sobre el uso que le daría al resto del día. Mientras tanto, para no quedarse inmóvil como una estatua viva, jugaba con los desamarrados cordones de sus zapatos. Eureka, exclamó. Y, de un salto, púsose en marcha. Tanto se apuraba que hasta corrió un trecho, después de lo cual su andar fue decididamente lento. Sólo él sabía adónde iba; iba a las afueras del cine. Estaba enterado de que una amiga del barrio iría hoy a la función de la tarde, era una buena excusa para matar el tiempo.
Nunca pensó que no la encontraría y la encontró. Omar, justo cuando divisó a Loreto entre la multitud saliente, miró para otro lado.
Ella, expresiva, le tocó el hombro y él se hizo el espantado.
–¡Me asustaste!, ¡qué casualidad! –dijo él con una expresión colmada de maravilla.
–Sí, ah, perdona. Mira, te presento a mi abuelo. Mira abuelo, él es Omar.
–Hola, bueno.
–Ya –intervino Omar–, disculpa, mi película va a empezar. Llegué un poco tarde. Nos vemos, chao señor. Que estén bien –dijo él cortésmente, y se dirigió hacia la sala que apuntaban sus ojos antes del encuentro.
Demoró sus pasos lo más que podía, y cuando debía mostrar su boleto a quien ya le estiraba su mano, buscó desesperado en sus bolsillos. Le faltaba algo. Y, para culminar su farsa, le dijo al boletero:
–¡Mis llaves!, no están, las dejé en el auto. No puedo.
Trotó hasta los estacionamientos, que eran subterráneos. No era un lugar muy oscuro, para nada. Hacia la entrada y la salida, la luz se mostraba como una niña de finos y largos cabellos rubios. Omar salió por allí. Su actividad la encontró inapropiada para sus años.
Cuando ya comenzaba a resentirse por su futuro, sintió unas entendibles ganas de darse un tarascón. Omar siguió el camino de su vivienda. Vivía en una pieza, una pieza con una diminuta ventana que, paralela a la puerta, daba a un pasillo que comunicaba con las demás piezas y la calle. La suya, la tercera entrando, se encontraba a la derecha de este cité. No era de mala muerte, como sí de poca fortuna. Él estaba ahí porque el precio le acomodaba.
Omar quitó el candado de su habitación y dejó la puerta abierta. La dejó abierta para, además de ventilar el ambiente, prepararse algo: le quedaba el arroz de la noche anterior y traía unos huevos, los había comprado con esas monedas que tintinearon de cuando en cuando durante sus dichas aventuras.

Omar trabajaba cuando había trabajo, es decir, solo cuando una empresa de mudanzas requería de sus transportes. A lo menos trabajaba una vez por semana. Al punto que se daba su primer bocado, tuvo una ocurrencia que le hizo toser. Volaron contados arroces, que recogió de inmediato. Lo de recogerlos con prontitud no era más que una morisqueta a los monstruos que borran cosas importantes, los monstruos del olvido.
–Omar parte de la ciudad, ya no tengo nada que hacer aquí –añadió con modorra, dejando su plato a un lado.


II

Al día siguiente, Omar dedicó toda la jornada a hacer visitas fugaces:
Visitó a Loreto obligándola con ello a sentirse verdadera amiga de él, la trató como si lo fuera. Se conocían hace tres días, cuando Omar supo de su próxima ida al cine.
Su actitud durante su visita fue totalmente premeditada: no quería ganar la complicidad gracias al paso del tiempo, quería evitarse todos esos preámbulos para estar desde el principio en el fin. Omar, a pesar de este esfuerzo por anular las condiciones impuestas por la realidad, se le pasó por la mente que actuando así no ganaría más terreno que el que ganaría dejando que las cosas siguieran su propio rumbo. Esto le hizo extremar sus esfuerzos y acabó contándole intimidades sin pelos en la lengua. Cuando Loreto ponía cara de desconocer los personajes omarianos, él decía, bueno, tú sabes como es Fernando, un descarado, y continuaba con su soliloquio.
Se despidió de ella con un abrazo, y Loreto, mientras era abrazada, tenía cara de no entender lo que pasaba y se dijo entre dientes, qué raro.

Después, Omar quiso –lo tenía en carpeta– estarse en compañía de sus padres, quienes se sorprendieron al verlo tras meses ausente. Apenas entró en su casa, advirtióles que estaba por poco rato y que vino a la ciudad por asuntos de negocio. Había aprovechado la oportunidad.
Sus padres se emocionaron. Omar desde que (mintiéndoles) le ofrecieron un trabajo a kilómetros de distancia, no había dado noticias de vida. Estaban fascinados con su visita, pero tal fascinación no les duró mucho. Prontamente retomaron el tono con que lo trataban a él y le recriminaron su su indumentaria. Omar les contestó que basta. Prefería trabajar con la ropa vieja, y que su venida le significaba escapar a sus labores. Sus padres intentaron comprenderlo y mientras lo intentaban, su hijo les hizo un nuevo comunicado:
–Papá y mamá, acepté una oferta de trabajo. Me la consiguió Raimundo. Es para trabajar en el exterior, en una multinacional. Esta empresa tendrá algo en todas partes. Así son las llamadas multinacionales.
El padre de Omar se parecía a su esposa, los dos tenían cara de dinosaurio –de esos que, displicentes, vivían en los pantanos. Algo de dinosaurios, aunque mucho de iguanas. Este último rasgo quizás les daba la agilidad necesaria para mostrarse atentos y preocupados por el destino de su hijo.
Pero su padre, aun cuando quisiera decirle algo, esperó que Augusta tomara la delantera y censurara la determinación de Omar. Augusta entonces le dijo:
–¿Una multinacional? Ellos explotan a sus empleados. Sigue donde estás.
–Sigue donde estás, repitió su padre, queremos lo mejor para ti.
–No importa, es una buena posibilidad. Raimundo, mi amigo, ¿lo recuerdan? Él no jugaría en mi contra. ¡No sé cómo se la consiguió! Es un genio.
Luego de un rato (uno breve), preguntó la hora y dijo que ya era tarde. También se despidió de un abrazo, su madre en el interín del adiós le preparó unos panes. Y su padre, aprovechando la oportunidad de estar a solas con su hijo, le deslizó unos billetes que, de seguro, le servirían de algo.
Salió. Raimundo era su próxima visita. Cruzaba los dedos porque estuviera. Camino a su casa, como por casualidad, se sintió morir. La mancha de su pantalón le nublaba la vista y le decía, ven, sumérjete. En verdad la mancha no le decía nada y Omar veía las cosas con cierta claridad, un balazo y no más sentirme así. Y llevaba su mano emulando una pistola hasta su sien, para luego cerrar los ojos, dispararla, y seguir adelante.
Estaba llegando y esta impresión le mejoró el ánimo. Raimundo era, lo recordaba, un tipo comprensivo, siempre le pareció que se ponía en el lugar de uno. Las apariencias engañan, alcanzó a decirse y golpeó a su puerta. Se abrió enseguida. En un principio, todo entre Raimundo y él pareció igual como en la infancia. Pero no era así. Al mínimo intercambio entre ellos, Omar sintió que se ensanchaba el abismo entre ambos. El omariaba y Raimundo raimundeaba.
En definitiva, el líder de lo presente, le informó que estaba enamorado. Una extranjera había conquistado su corazón y debía obedecerle y acompañarla. Raimundo atendió sus palabras, al terminar le dijo:
–No te olvides de mantenerme informado.
–No sé si pueda. No sé adónde me lleva mi amor… –le respondió Omar, como si el futuro fuera a ser absolutamente distinto a lo vivido. Omar, en este punto, se mostraba sincero. Lo que los separaba no debía acercarlos, la distancia era insalvable.
Pero Raimundo se empeñaba en ver espejismos:
–Pero si el mundo es un pañuelo, el amor, amigo, no lleva demasiado lejos. Si quieres, entonces, solo si quieres mantenme informado. Nos vemos.
–Chao –adiosó Omar y sintiéndose un pañuelo, giró sobre sus pies, rebajó la cabeza, la alzó, dio un paso al frente, dobló su rodilla, se estiró y, sabiéndolo, salió por donde mismo había entrado. Luego de esto, siguió sus pasos; ellos ya sabían, lo tenían computado, dónde pararían luego.
Mientras caminaba, él fue pasando revista a todos quienes había ido a ver. Loreto pareció extrañanda, sus padres quedaron con el sabor característico, Raimundo estaba demasiado sujeto a sus moldes. Omar presumía que su relación con este último no se diferenciaba de las anteriores, a todos los presumía uno, todos ellos continuarían sus labores tal como si Omar no los hubiese visitado. Una entrevista tan corta no puede trastocar en demasía, a lo más le da un nuevo ácento, acentó.
Este último pensamiento tranquilizó en gran medida a Omar, la vida no me ha cambiado a mí, los muertos son insensibles, incapaces de sentir lo que sienten. Reteniendo estas palabras, se detuvo para pronunciarlas: Los muertos son incapaces de sentir lo que sienten. Y se dijo: ¡Ni yo entiendo lo que me pasa!
Después de esto, levantó los ojos y caminó viendo. Vio por ejemplo un pájaro sobre un tronco ampuloso. El mundo no estaba de balde a su paso. Dios tuvo sentido en ese momento, un sentido momentáneo. Puso la plata en un lugar más seguro, no quería perderla perdiéndola sino gastándola.
Y, camina que camina, distraído en no sé qué, se chocaron con una señora. Él ni se inmutó, mientras que la señora sí: lo miró de reojo y lo halló un maleducado, el animal de las ciudades, el animal intratable.
La reacción de Omar corría inversamente, él supuso que la mujeruca esa se pasaba de lista, había endurecido el hombro a propósito, como él, que endureciéndolo creía hacerle ver que el que la sigue la consigue, encontrándola de igual modo el animal típico de las ciudades, el intratable.
Llegó a su covacha. Se sentó al borde de la cama, algo lo había inmovilizado: el temor hacía su camino cuncunesco y lo llevaba a imaginar el hambre, el frío, la incomunicación, la muerte a destiempo. Pero al poco se animó de un gesto y sonrió. Es mejor no adelantarse. La imaginación nunca da con el matiz indicado, tiende a exagerar. Y desenvolvió los panecillos de su madre pensando en ella, como quien piensa en cualquier cosa.


III

Sí, se comió los panes. Quiso también comerse sus dedos color pan, pero no aprobó la idea y se sonrió nuevamente. Se encontraba absurdo, cómico, normal. La decisión de ponerse en ruta le pesaba en su fuero interno. Ya no podía correrse. Qué dirían, se decía y diciéndoselo reconfirmaba su decisión. Verificó su dinero y, con más de la mitad, salió a la calle. Necesitaba abastecerse de intrumentos de campaña, cocinilla a gas, mochila, etc. Carpa no llevaría, mucho bulto y no le desagradaba dormir a la interperie. Entró en una tienda de excursionistas, pero halló todo demasiado caro, demasiado para extranjeros. Entró después en otro local y lo mismo. Con la plata que llevaba solo podría comprar un saco de dormir, aunque de calidad. Afuera de esta tienda, pues salió de inmediato, hesitaba, contaba números, dedos. En resumen, compró el saco y volvió a sus aposentos. El saco es lo más importante, comeré verduras, fiambres y pan. Así es la vida. La noche ya empezaba a posicionarse. Aún no se le ocurría prender la luz. Apenas llegó allí, abrió el saco, lo puso sobre su cama y se metió adentro. Era para no creerlo de cómodo, aunque le molestó un tanto su olor a nuevo, a clínica, a antisepcia. E intentando definir el olor este, que tampoco era a hospital sino a saco nuevo, recordó a la vendedora y la comercial relación que habían tenido, su fracasado empeño por sobrepasar las diferencias entre ellos. Ella podría haber sido Loreto, nunca lo supo.
Se quedó dormido durante la prueba, la cual acabó por pasarla; el saco, digo. Se oyó al viento ir y venir, desmesurado. Prontamente, al aquietarse Eolo se oyeron caer las primeras gotas de lluvia que caería a racimos. Omar se despertó entrada la noche y sintió llover. Estaba en un estado de somnoliencia lamentable, tanto así que cayó, tras sentarse atónito en la cama, otra vez dormido. Durante el tiempo que estuvo sentado detestó la lluvia, porque al hacerse presente, ponía otro problema a las futuras aventuras de Omar. Durmió hasta muy entrada la mañana, el sueño lo había invadido, socavado de manera que le costó desalelarse y empuñar la mano a la velocidad y fortitud con que solía hacerlo. Ya no llovía, el sol se mostraba más radiante que nunca.
Salió a la calle. El pavimento estaba seco, todo estaba como ayer. Concluyó que no había llovido, que aquella lluvia de la noche fue ilusoria, originada por sus temores. Omar no se preocupó por confirmar su hipótesis, la tenía por cierta. La tierra en torno a los árboles no será removida, Omar confía plenamente en la suceptibilidad de su imaginación, sobretodo cuando hay un peligro inminente.
Y regresó. Era hora de preparar su mochila, que no parecía adecuarse a la envergadura del porvenir, era una mochila estándar, como de estudiante. Metió adentro su saco de dormir y no hubo ya casi espacio. La cosa no parecía ir muy bien, mejor dicho iba mal, ya que cuando intentó meter su parca para luego cerrar la mochila de estudiante, ella no cerró más que rasgándose a un costado del cierre. Omar no tenía ahora mochila. La plata no le sobraba, por el contrario. Y decidió sin dudar ni una vez, pedir prestada una. Se la pediría a Fernando, otro amigo, que hacía un tiempo le había pedido a su vez su rasuradora, nunca devuelta. Y partió donde su “amigo”.
En el trajecto vio a unos turistas que incluso se encorbaban por el peso de sus mochilones. Él, Omar, no necesitaba tanto. Con una mediana se las arreglaba. Sin embargo, por si las moscas, detuvo a los extranjeros con la excusa de comprarles su mochila. Él, Omar, en vista de su encorbamiento, les hacía esta propuesta de buena fe. Él, Omar, no soportaba verlos como bueyes, los turistas son gente respetable. Diciendo tales cosas estaba, cuando del otro bando escuchó su mismo idioma. Se mordió la lengua, pero siguió firme sobre sus pies, sin amilanarse, confirmando la propuesta y las razones de ella. Eran españoles.
–Quién habrá pensado que somos, este tío –dijeron tras librarse del impertinente. Omar les escuchó y agregó alejándose: cargueros…
Fernando ya no vivía donde siempre. Esta noticia fue un balde de agua fría. Si quería dárselas de aventurero o compraba una gastando más de lo debido, o arreglaba la mala. Pasó a un bazar, y compró allí hilo y agujas. Mucho hilo y muchas agujas, que si se le rompe mil veces, mil veces la arreglaría. No demoró mucho la contorsión facial, el enhebramiento. Arregló la mochila, puso dentro lo que podía poner y se la probó. Salió de nuevo a la calle. Y se dijo, me daré una vuelta para ver si llamo la atención de la gente, si la llamo, saco el pantalón. Si no, estamos por partir. Fue entonces donde el almacenero.
–Hola Señor. Me da una bolsa de harina tostada
–Se la doy, que me parece que se va de viaje. Vaya esta a mi nombre, amigo– le replicó este señor.
–Hoy parece que la vida me sonríe –añadió Omar y, no bien sonreír al almacenero, se calló como si algo estuviera pésimo.
–Así pareciera; le sonríe de mala gana. Esto no pasa todos los días, es la primera vez, ¿o no? Bueno, no. Ya recuerdo, pero es como si lo fuera… –y, dirigiéndose a una persona que intentaba hacerse notar, dijo–. Y a usted, ¿qué se le ofrece?
–Deme unos cigarrillos, de esos azules –apuntando una caja azul–. Gracias –este sujeto tenía cara de gato. Se notaba a la legua que había tenido una vida de perros. Pero sus aires de suficiencia repelieron a Omar, quien tras un breve “gracias” salió de allí.
Y ya afuera, escuchó: Tenga suerte, amigo.

IV

Con la plata que tenía, Omar tendría para andar, sin pedirle un peso a nadie ni trabajar ni robar, unas tres semanas. No podía gastarla sino en comida, frutas y verduras y pan y leche. Cualquier gasto extra le pasaba la cuenta y ello ya, mientras dudaba si era conveniente o no su empresa, ya le preocupaba. Nunca se había cuidado mucho por el día después, el de después-después, lo cual era parecido. Desde siempre le había fascinado tentar la fortuna, pero ahora tal fascinación no venía al caso, se configuraba como peliagudo.
En eso estaba cuando, siempre con la mochila puesta, se paró con lentitud –como en cámara lenta. Fue adónde los dueños de casa y les dijo: “Como me ven, me voy. Todavía no empieza a correr el otro mes, entonces estamos a mano.” Ellos lo despidieron sin pensarlo dos veces, él ya lo había pensado por ellos. Y sin darse cuenta se vio en la calle. Ahora todo le parecía distinto, había un aire novelesco en todo lo que miraba. Lo que miraba añoraba algún recodo de su memoria, pero Omar, como justificando su partida, no se dignaba a darle entrada. Partía porque esta ciudad no había cumplido con sus expectativas. Ya no quería seguir dando vueltas alrededor del circo, ni ser ese galgo corredor que alcanza la liebre eléctrica, ni tampoco aquel Omar que había sido.
Iba enceguecido aunque estuviese nublado. Escuchó su nombre. Aunque medio-desentendiéndose, notó que era Fernando. No pudo ver su cara, el sol se lo impidió y se lo siguió impidiendo durante toda la charla que sostuvieron. Además, le gustaba verlo como encandilarse.
–¿A dónde vas, loco?
–¿Por qué loco, acaso tengo cara? –y Omar se dijo para sus adentros: tú acaso no te viste hoy, so.
–No, loco, es que “loco” se dice a los muchachos. –le explicó Fernando.
Y Omar quiso retractarse de su apresurado pensamiento, mas no pudo. Fernando (lo recordaba) tenía cara de mono, de manicomio. Sin parecer sin embargo absorbido por sus divagaciones, Omar le contestó a su pregunta–. Voy a probar suerte a otro lado, entre quedarse en la situación actual y arriesgarme, arriesgarme sin dudas.
–Loco entonces. Mira, amigo, si tú no te hallaste a tus anchas donde viven millones de personas, ¿te crees que te hallarás en cualquier otra parte? La respuesta si te la doy yo, no. ¿Por qué no mejor te das otra oportunidad? Aquí las hay para el mundo…
–Oh, ya estoy retrasado, tengo pasajes para ahora. Nos vemos, suerte –le dijo Omar sin cuidarse del sol y disponiéndose a partir. Fue tan ostencible su disposición pro separatista que Fernando lo despidió con un “ya y que te aproveche”.
Vio a Omar seguir su camino. Lo creía conocer, sabía que no portaba los pasajes. Lo encontraba un estúpido y lo encontró en esta ocasión uno redomado. El imbécil de Omar todavía piensa que los demás le hacemos de comparsa. El gil de él todavía se ilusiona con que existe la suerte del aventurero. Ya nada es como antes, en fin, es poco lo que se puede hacer con un sordo que no quiere escuchar, yo no me trago a quienes, interiormente, se ufanan de sus riesgos. Si es que me arriesgo, me arriesgo sin tanto show. Su aventura es chiste repetido, ¿cuál es ese afán de ser, mejor dicho parecer el personaje principal de la historia que es la vida? Por qué tanto amor propio, Dios mío. Allá él, es cierto. ¿Cuál es esa manía, proseguía Fernando –Omar lo había herido en su amor propio–, la manía de ir a la siga de la muerte cuando es la muerte misma la que nos viene a buscar?
Tras estos últimos reproches, Fernando dio vuelta la página la cual no quería leer más nunca. Omar era un plomo y estaba, un idiota y estaba, un hijo-de-la-gran-puta y estaba. No, nunca más, siguió repitiéndose hasta que le resultó inútil. Bárbara, la secretaria de la oficina en que trabajaba, un bombón… Suma y sigue.
Omar, mientras tanto, había girado a propósito en la primera esquina que encontró. No quería que Fernando lo juzgara a sus espaldas. En una mirada, antes de girar, en una mirada hacia atrás, lo vio mirándolo y supuso que, entonces, él aparecía en su cabeza. En su dictatorial cabeza. Este reencuentro amargó a Omar. Su partida era injustificada, una niñería. Se sentó en una escalera de tres peldaños coronada por un edificio. Se sentó en el sengundo escaño. Fingió llorar, pero ninguna lágrima asomó a sus mejillas. Se sintió morir, y se lo dijo: mor…ir. Y exclamó: ¿Ir? ¿Pero dónde? Descubriendo en una palabra sus primerar intenciones, él hizo lo propio: caminaría hasta que un hecho se preste a una interpretación unívoca, el primero que topara en adelante.
Todo parecía demasiado común. El azar, si es que lo hay, tiene bajo su manga palomas, visiones, alusiones concretas, y por donde iba Omar: nada de nada. Autos, microbuses, motocicletas, camionetas, camiones, bicicletas, patinetas, zapatos, un río, paredes rayadas, atochamientos vehiculares estridentes, gente, gente, gente. Y embargo no lograba dar un paso al costado. Él quería librarse de las circunstancias. Justificar sus actividades, en última instancia, por sus actividades mismas.
Estaba atrapado en la propiedad o impropiedad de sus deseos. Y tocando otra cima de su ofuscación, se tapó los oídos, inclinándose hacia delante y gritando… Esto ocurrió en un segundo y, por lo demás, en completo silencio.
V

Yo, Omar,
y los días vienen hechos.
Él, Omar, y ya no puedo
ir donde anhelaba.
El mar, mi mar, es una concha.
Lo que parecen versos, aquí arriba, solo lo parecen. Son un impulso lírico de él. Se veía acometido por la desazón y en tales momentos acudía a la canción triste: “Yo, Omar, y los días vienen hechos, ya no puedo partir donde partiría. El mar, mi mar, es de concha.” se repetía y tergiversaba mientras andaba. En principio tal canción sonó a letanía, pero poco a poco, fue embriándose hasta tocar la nota del optimismo desfachatado. Su desesperación, gracias a su inmersión en una melancolía musical, desapareció. Ahora era la canción lo que lo levantaba. Y cuando comprendió que el mar, su mar, estaba en una cocha, demudó el rostro, pero para bien. (Entre nos, la poesía viene a existir en los estado de mayor tensión nerviosa? El caso de Omar aprobaría la hipótesis.)
Luego de un rato, con dicha canción como grito de batalla, sintió que no alcanzaba ni para repetirla ni una vez. Le aburría y no estaba como para ensancharla, todo ensanchamiento, intuía, no aportaría mucho a su objeto: su difícil situación. Sin embargo eso, aún su canción tenía una pata floja, el cuarto verso, cada vez que lo empezaba, cada vez que lo transformaba. De ir donde anhelaba pasó a “partir donde soñaba” y de tal partir a “cantar como cantaba”, etc.
Caminaba. La mochila no le hacía mayor bulto. Iba como adentro de una lavandería de noche, haciéndole el quite a mil y una sábana. Llegó a un extremo de la ciudad, a sus suburbios. Solo entonces recapacitó. La educada entrada de la noche influía en su decisión. Por lo pronto, volvería a su pieza. Había olvidado llevarse unos libros. Y convendría cuidad lo que dejaba, colchón y demases. La vida da muchas vueltas. Aceleró el paso, su retroceso debía pasar inadvertido. Hasta cierto punto le avergonzaba. La noche custodiaba su marcha. No sea que Fernando o alguien otro me vea y se desilusione. Yo sospecho que la ausencia incita a magnificar los rasgos distintivos y el mío, a ver, sería el del aventurero, si es que no el del quejumbroso.
No corrió nunca durante su regreso, su tranco fue constante. Ya no había música en su pecho, habían resoluciones.
Llamó a la puerta. Le abrió la dueña de casa. Él inventó que no quedaban pasajes para hoy, compró para mañana y no tenía dónde pasar la noche. Todavía estaba en su derecho volver y había vuelto.
–Pase nomás –le dice ella, voy a buscar las llaves–. Todo está igual que cuando se fue. No se preocupe, no hay apuro. Ah, Omarcito, no quere una taza de té. Viene helado, páseme su mano.
Omar se la dio. Estaban frías, pero más lo estaban sus orejas. Hubiera preferido un té para ellas, pero como el cuerpo está interconectado, dijo: feliz, a mí ya no me queda gas, ayer se me acabó.
–Véngase para acá y me cuenta por qué tanto apuro en irse. ¿No será que va a la siga de una muchacha? –le dijo ella entrando en su casa, la del fondo del pasillo. Era ella como una madre, a Omar que bordeaba los treinta y cinco, siempre lo había tratado con deferencia.
–Qué mujer ni nada, ud. sabe como son las cosas. Uno no se puede quedar a donde mismo y yo, es claro, no podía quedarme. El trabajo escasea y más vale moverse. –Omar hablaba desconfiando a tal punto de sus palabras que agregó–. Yo sé que entre estar aquí y allá la cosa no varía, pero mejor ver eso con los propios ojos, ¿no cree?
–Sí, vaya a saber una si afuera le resulta y se queda. Yo ya he vivido algo, le recomiendo encontrar una compañera. La pareja obliga y más aún su tienen críos, ¡ellos sí que obligan! Emparejarse será una carga, pero fíjese en lo que incita, la estabilidad. No me vaya a salir con una loca suelta, esas traen problemas. Uno termina peor que como empezó. Bueno, yo no le podría dar fe de esto –se defendía la dueña– pero fe le doy, que lo he oído, uh, un millón sería poco.
Omar juntaba los hombros, tomaba té a dos manos, la miraba como si viniera saliendo de un temporal. Entre tanto, la escuchaba hablar y pensaba: Si todo fuera como dice, me quedo. Pero no es así, tengo que irme. La fraternidad es un accidente, esta es la primera vez que entro a su casa. Siempre hablamos, pero de pasada. A instantes del fin del mundo de seguro que los humanos abren sus puertas, el mundo es a puerta cerrada mientras se vislumbre la posibilidad de una apertura. Yo, en conclusión, valgo para ella un hombre muerto.
–Qué piensa tanto. No ve lo que le digo, búsquese a alguien. Ud. necesita que lo hagan vivir. ¡No me habré dado cuenta yo, que lo conozco!
–¿Qué me hagan vivir? No será mucho, señora. ¿Y quien va a hacer vivir a mi cónyuge? ¿Su amante?
–Es que hay dos tipos de personas: a quienes los hacen vivir, como tú, y los que viven desde sí. Los zamarreados y los zamareadores. Sólo dos –reafirmo ella, dándole el último sorbo a su té.
–Me parece que las cosas no son tan blanco y negro, salomona. Yo no soy lo que cree. Al contrario.
–No, Omar, no se lo tome tan a pecho. Hablo por hablar. Encuentro que dividir al mundo en dos sacos es estimulante. Yo que fui profesora se lo aseguro. Es preferible lo tajante que las medias tintas. Los prototipos dan luz, lo particular en absoluto.
Omar sorbió su último trago y, con cara de sueño, se limpió los ojos. ¿Ella hablando así? Le parecían monstruosas sus palabras, no se correspondían.
–¿Y ud. desde cuándo que habla así?
–¿Así cómo? –replicó ella, como si nunca hubiera dicho nada–. Mire mijo. Yo sólo le dije que se buscara a alguien. ¿Acaso dije algo más?
–No, nada. Es que escuché “prototipo”, “el mundo”. Me sentí como en la universidad.
–Ud. está escuchando voces. Déjeme tocarle la frente. Ay, está enfermo, con razón esa cara. Déjeme darle unas pastillas y acuéstece.
Omar sabía que doña Lucía había dictado una sospechosa cátedra. Ella siempre lo había creído un iluso, y ahora quiso ponerme a prueba. Ella no hablaba así, pero podía… Manejar aquellos giros es, dada ciertas circunstancias, algo natural. Quien viva entre gallinas terminará cacareando.

VI

La gente desconocida es desconocida, incapaz de cuidado alguno. Lucía personificó una excepción acaso sólo para hacer lo excepcional existente. Llevó a Omar a su pieza y él se dejó hacer. Ella extendió su saco sobre el colchón, le trajo una limonada mientras se desvestía y acostaba, en fin, hizo las de madre. Tenía ya hijos mayores, solventes y descariñados, Omar solo los vio una vez, para el cumpleaños de doña Lucía. Su marido, en cambio, era un hombre distante con los arrendatarios. Llegaba de noche y daba la impresión de que le desagradaba saludar a extraños. Omar siempre que lo vio trató de hacerle su paso por el pasadizo algo normal, pero siempre también quedaba con un dejo amargo, como si su presencia estuviera demás allí. Sin doña Lucía esta residencia habría estado exenta de toda ternura, no habría sido un hogar. Ciertamente la ternura allí no era lo que más brillaba, pero por entre los intersticios se dejaba ver.
No bien su impotencia de cara a don Armando, que así se hacía llamar, Omar se decía para sus adentros mientras el dueño de casa lo sobrepasaba: “Y por qué esa cara, si no estoy gratis”. Sin embargo, don Armando Rubio, así se apellidaba, no había llegado para cuando Omar recibió los cuidados de su esposa. De otra forma ella lo lo habría acostado. Omar ya se encontraba solo. Se sentía preso de la cama, la doña lo había apresado a ella. Omar, en un acceso de independencia, recuperó la vertical. Tal recuperación fue demasiado rápido. Tan rápido que se mareó. Le había dicho a doña Lucía que tenía pasajes para primera hora, si es que ella lo podía despertar. Su reloj no tenía pilas.
Cambió la serpiente de piel, pero quedó desnuda. Omar estaba en pelota. Sintió frío, no le importó. Hay que endurecer el pellejo, se dijo e hizo de su desnudez algo normal. Ningún asomo se excitación por ahora. Pasó revista a sus libros. ¿Cuáles libros? No tenía ninguno, lo de los libros fue una argucia para regresar… Sin embargo buscó uno. Creía tener uno. Fernando le había prestado hacía tiempo uno, a cambio de la máquina. Trueque para la foto, un libro no vale una máquina, según Omar. Omar había llegado solo hasta la primera línea. Lo encontró: era de ciencia ficción. La contratapa alegaba que el sobrecalentamiento de la tierra significaría la extinción de la humanidad subsole. Los terrícolas habían conseguido iluminar los sustratos del planeta. El agua, no obstante las napas, era la cuestión. Ahí paraba la contratapa. Nuevamente leyó hasta la primera línea: “En el año 60 después de Evaristo, el verdadero mesías según la Ley, el sol se tornó insoportable para la vida humana y la aventura interplanetaria aun no daba fruto.”
La imagen, se decía, ya la tengo. Yo mismo podría hacer la historia, me pongo en situación y actúo. Seguramente la tierra, en mi narración, desaparece del mapa. Solo quedaría la historia de la desaparición de la humanidad. Omar no siempre se mostraba fatalista. Pero la muerte es aún tema perfecto para los finales fulminantes. Entonces se le cruzó por la cabeza un final feliz, lo sintió dudoso. Le habían dicho que los finales de los cuentos de hadas no eran verdad, que la vida era dulce y agraz, doña Lucía y don Fernando, era él de pronto y él a menudo. En eso estaba, con el libro pendulando de su mano, cuando se tensó. Fernando, su libro, yo. Y lo arrojó contra la pared: Agua o Muerte se llamaba. La vida futura, el drama del agua, novela, autor desconocido. Sus hojas se descosieron, volaron algunas.
El otoño había entrado en su habitación y semejante ocurrencia lo puso meditativo y agregó: El verano, con sus calores, provoca el otoño. Esta sería la estación posterior a Agua o Muerte. Luego se dio cuenta de que Fernando y este ex libro eran diferentes, no complementarios. Yo, continuaba, no me deshacería ni loco de mi nariz o, para ser exactos, de un objeto que me concerniera. No se me ocurre qué… De nuevo sintió frío, esta vez lo aplacaría. Se acostó.
“En el año 60 después de Evaristo, el verdadero mesías según la Ley, el sol se tornó insoportable para la vida humana y la aventura interplanetaria aún no daba fruto. Los hombre y las mujeres y sus niños se miraban con desaliento, pero el llamado segundo aire les alumbraba todavía la cara. Se habían ejecutado excavaciones monstruosas para guarecer a todos los vivientes y las represas fueron recubiertas con un material hermético. Pasados unos años, el Gobierno Central difundió la noticia de que los intentos por sacar agua de las piedras había fracasado cómicamente. El agua estaba en extinción. Según los cálculos nunca alarmistas de la Gobernación Suprema, la vida humana no superaría la generación actual. La ciencia, por vez primera, había desertado su misión. Esto fue así, créase o no. La muerte o el agua caída milagrosamente, eran los horizonte de la humanidad. La religión, en vista de la ciencia, llevaba la delantera. Todos, sin excepción, o creían en Evaristo (la muerte –en teoría evaristoiana– era una puerta falsa, la vida iba a ser tal hasta el fin.) O creían en nada, es decir, en la completa anulación de la conciencia y por ende de la dramática realidad que padecían, secos hasta la lengua.
Extenuados por la carestía, desalentados hasta ni siquiera destartalarse de la risa ante el absurdo vivido y el afán de lo viviente, hombres, mujeres y niños dormían el triple o el séxtuple de lo que dormían previa la catástrofe climática.
Y gritaban: ¡Agua o muerte! ¡Muerte que es agua!
Y gritaban más adelante: ¡Agua es muerte! ¡Muerte es agua!
Y entre la multitud vociferante se destacan varias personas. A Fernando se le había paralizado la midad de la cara. Los besuqueables ojos saltones de Loreto se le habían adentrado hasta darle un aire de silencio.
Era esta la sección de las catacumbas, la sección que le tocó en suerte a esta misma ciudad en el momento del traslado. Omar no había alcanzado a abordar el bus que siempre le guardaba un asiento. A él no le penó no haber partido, parecía habitar el reino de los ensueños. La humanidad entera, siempre exhausta, soñaba a brazo partido.
–¡Muerte es agua! ¡Muerte es vida! ¿Muerte? Y de pronto, sin aviso, un meteoro golpeó la tierra y la cara de Fernando fue la primera en quedar extática. La tierra se movía pero todo quedó extático, extático, extático….”
Omar entonces levantó uno de sus párpados. De juego no se movía, de juego apenas respiraba.
–Está dicho, hoy me voy, aunque en algún sentido todas estas vueltas y revueltas tengan ya mucho de viaje. Y agregó con humor: Yo no quiero quedarme en esta sección.

VII

Monótono, mimo él, Omar peleaba con la manilla de su puerta. Un manilleo contrario al suyo se oponía. Y murmuró: Qué pasa.
–Ah, disculpe es que le venía a avisar. Le traía un desayuno para que después no diga que aquí no le quisimos. No soy buena para los gritos, despertar a alguien es algo delicado. No le doy más explicaciones y tome –doña Lucía, en una bandeja, le ofrecía un vaso de leche, una naranja y un pan con palta. Ella daba señales de alegría. Antes de que Omar dijera nada, añadió: No sé, estaba aburrida. No tenía qué hacer e hice esto. No, qué agradece. Por favor, sírvase.
–Gracias, pero no. Ya no alcanzo. Es demasiado tarde –se defendió él. Aceptar regalos sin nada a cambio le parecía sobretodo una carga. Quería quedar a mano con doña Lucía y su gesto desequilibraba la relación–. Voy a perder los pasajes, no puedo.
Doña Lucía no dejó de extenderle la bandeja; pasó de un contento contagioso a un descontento aún fundado en incomprensión. Las cosas no se iban a quedar así y dijo: Pero Omar, si todavía es hora. ¿No me dijiste que a las siete?
Omar tragándose su antipatía repuso con cara de sorpresa: ¿Las siete, está segura? Para mí son las ocho tirando para las nueve. En momentos como este, doña, no me puedo fiar, disculpe se lo ruego.
–¿Mi reloj malo? No puede ser, imposible. Recíbame la bandeja y si no le gusta la deja. Mi reloj está bueno, mis relojes mejor dicho. No sea orgulloso, niño. Acepte sin condiciones lo que le dan. Tome y deje, pero tome.
–Ya, gracias. Aquí le paso las llaves. Me voy a acordar de uds.
Tras una pausa: tiempo en que tomó la bandeja con la naranja corredora y la dejó sobre su cama, pausa en que también respiró hondo para adjuntar a lo dicho: Sí, incluso me voy a acordar de ud. para cuando estire la pata, digo, recordar mi vida toda en un instante, en el famoso instante fatal. –Y apausándose nuevamente se dijo ahora para sus adentros: Con este recuerdo el desayuno quedará pagado.
Doña Lucía abrió los ojos como si abriéndolos se viera el futuro. No magnifique, hijo. Y me vuelvo, no ve, me está sonando el teléfono. Le deseo mucha fortuna en su variación geográfica. Toda y adiós –le dijo con una ironía de feliz desenlace, ella era ahora toda espaldas a los ojos de Omar, toda espaldas a los ojos nostálgicos de Omar.
Se encerró en su pieza aunque sin llave. Ya no la tenía. Se desayuno sin apremio de ningún tipo, masticando hasta la papilla el pan. La naranja se la guardo en un bolsillo. Eres, pensó, un fiasco: nada, por más absurdo, te resulta o, para ser honestos, nada hasta ahora ha resultado. El mañana se perfila maravilloso: no es gratuito que los kioskos tengan con frecuencia este letreo:
HOY NO SE FÍA
MAÑANA SÍ
Y sus silenciosos pensamientos estériles cobraron vida, pensó tras lo ya pensado: “hoy es hoy, mañana es nunca. Partiendo” Y se paró enojado. Había cierta furia en él, estaba supeditado a una nueva diosa, vale decir, una diosa ignorada, la renombrable “Diosa Pertinaz”. Desde otro ángulo, daba miedo verle así. “Fiasco será tu amigo, yo Omar… tú te conoces de sobra” Y abrió su puerta sin detenerse en la manilla, haciendo como si todo lo conociera de memoria, como si lo único válido fuera su movimiento con destinación desconocida. El encierro entonces ya no era más. Su pieza quedó en penumbras.
Omar, mientras tanto (digan lo que digan las voces contrarias) se había detenido. Se había sentado en la banca de una plaza. Miraba el suelo, perseguía las ranuras que pisaba. Esta vez, más allá de seguir sendas con sus ojos, no pensaba en nada mucho. Algo lo inquietaba, pero lo que lo inquietaba no tenía en esta ocasión nombre y no era, por Dios no, algo relacionado con sus andanzas. Era algo, si se quiere, que rozaba la sensación pero que no era sentido, era difícil de explicar: era la sensación anterior a la sensación, una figura fantasmal que no ocupaba aún al fantasma, tampoco su figura.
Pero Omar se levantó y sus disquisiciones cayeron en desuso.
–¿Por qué te sentaste? –se dijo–. ¿Qué bicho te picó?
La explicación terminó de golpe y sin concesiones. Es que fue aproximándose a la estación de buses. Mientras se aproximaba se le hacía largo y fuera de sus peores pronósticos el camino. Había mucha gente, no tanta como para escandalizarse. No había ni euforia entre los funcionarios del terminal ni stress entre los viajeros. Viajeros los hay de todos los tipos y todos ellos, quién más quién menos, se expresan parecidamente. Sin embargo hay una clase diferente, la de quienes viajan a diario. Tienen otra manera de moverse. Sus movimientos son de envidiar y sus caras dan señas de una mínima emoción. Los viajeros y viajeras se descubren por eso, por cierto no se qué de encantamiento, de adiós, de remembranza.
Omar pertenecía al grupo de los fantasiosos y se daba cuenta. Dirigió todas sus energías en transformarse en un iniciado. No soportaba esos aires que aventaban algunos. Por tanto, lo primero que hizo fue mostrarse indiferente con lo que veía por primera vez. Y se decía moviendo los labios, modulando: “Nada nuevo bajo el sol. Es divertido ver cómo los que parten de viaje son tan quisquillosos. Es como si tuvieran la cabeza llena de proyecciones o recuerdos. ¿Por qué les será tan arduo sentirse como en casa? Podrían hacer como yo, podrían sentir que todo es igual, una rutina.”
Sin embargo, a Omar esto no le sirvió de mucho. Se le notaba a la legua su impostura. Su mochila, aun siendo enana, lo delataba como neófito. No sabría decir muy bien por qué su mochila jugaba en su contra, pero era evidente que lo hacía. Los viajeros frecuentes lo notaban, a ellos no les pasaban gato por liebre. Su ojo al respecto era infalible. Pero Omar se creía el cuento.
No sabía donde ir. El pasaje no podía ser muy caro, tampoco demasiado barato. La distancia aquí, señores, es plata, señoras. Barajaba entre tres o cuatro opciones. Eligió, con el dolor de su alma, la más distante. A ocho horas de viaje. El bus partiría en una hora y le desesperaba esperar. Iría a sentarse en un local.
–Hola, una cerveza, por fa –pidió con timidez.
–Mónica, una cerveza para el caballero, siéntese, se la llevan en seguida.
Omar quiso pagársela de antemano, pero no alcanzó. El cajero estaba demasiado atareado como para eso. Esperó impacientemente la cerveza. Luego de un tiempo, más bien breve, pidió a la mesera más cercana otra cerveza. Se arrepintió en el acto de su apresuramiento. Su primera cerveza venía en camino, a metros. La otra mesera desapareció.
–Aquí tiene –y corrió a dejar lo que tenía en la otra mano, un sandwich para otra mesa.
Omar no podía estarse quieto, ya veía que le traían otra cerveza. Se la tomó a la carrera. La otra mesera empezaba a tardar y, desesperado, pidió otra. Apenas la había pedido, su segunda cerveza vino. Se arrepintió en el acto de lo que había hecho, pero su arrependimiento no llegó a verbalizarse. Se tomó al seco la segunda. Y fue entonces cuándo se preguntó: ¿Cómo es posible que mi mesa no esté asignada a ninguna de las dos meseras en particular? Seguramente me encuentro en tierra de nadie, en la mesa de la disputa. Nunca antes me había pasado esto. Es inédito, si no me equivoco.
Y no había alcanzado a terminar esta última frase cuando la tercera cerveza ya estaba ante sus narices. La apuntó con el dedo, pero nadie le dijo: “Pero si ud. me la pidió.” Era suya, la aceptaba como había aceptado tantas cosas. Decir que no, en casos así, le significaba demasiado. El tiempo era una bala.
–Señorita, la cuenta –dijo a media voz, pero con grandes gestos: levantó su mano, la desempuño con arte, la conificó apuntando hacia abajo e hizo como si escribiera algo. Esto también ocurrió en un segundo.
Pagó.
El bus estaba apostado donde debía. Andén 24. Tenía sus motores encendidos. Partió antes que Omar se recriminara el olvido de su vuelto. Fue entonces cuando, al parecer, Omar se comió con agrado la naranja guardada en su bolsillo.

VIII

Omar, yéndose, sintió que su memoria era un abanico. Uno con numerosos pliegues. Porque tardaría toda su vida en enumerarlos, se cerró contra el recuerdo. Prefería mirar por la ventana. Afuera vio, sin embargo, desplegarse el abanico. Lo manipulaba una mujer intransigente. Ante el tono imperial de sus recuerdos, levantó la cabeza. La expresión, el careo –debió decirse Omar– es la más adecuada fórmula para olvidar, para embotar lo vivido. Veamos entonces, y dejó libres de acción a los cuerpos que le buscaban.
Tal mujer, al verse de pronto llamada a escena, demoró en venir. Parecía ahora ese perro apaleado que no se atreve a tomar lo que le ofrecen y se distancia para intentarlo de nuevo hasta, por fin, tomarlo y distanciarse de inmediato por temor a una paliza. Sus recuerdos, aunque se le agolpaban, eran repetidamente disueltos por el paisaje.
Al rato de este vaivén, Loreto desfiló por su cabeza. Ella tenía poco y nada que decirle, pasó en silencio, tan fantasmalmente como había sido para él. A propósito, la imagen, en el caso de Omar, era más insistente cuando apenas estaba delineada. Tal vez por esto Loreto se presentó la primera. Ella fue, en definitiva, una especie de amor platónico. Y dijo: Si me hubiera quedado, ay, estaría con ella. Nos queríamos de firme. Siempre cuando reaccionas, Omar, es demasiado tarde. No te ilusiones, no hay vuelta. Dándola por perdida, vio a su padre. Lo vio ir y venir, siempre igual, inmutable. Con su padre, a menos que se opusiera, las cosas se mantendrían. Lo que se conserva en el tiempo –aseguraba Omar– con un mínimo gesto ascenderá a las estrellas. En la conservación no hay decadencia, hay sino la posibilidad de un ascenso imprevisto.
Entonces escuchó a Fernando. Y, sintiéndolo venir, le negó el paso. No más recuerdos por hoy, ya he tenido demasiados.
–¿Cómo se llama ud., perdón, para dónde va? –le preguntó de pronto a su compañera de asiento, quien hasta entonces tenía los ojos cerrados. Omar se veía ansioso por entrar en contacto con quienquiera.
–Marcia, pero me dicen Mala –el acento con que dijo su apodo no hizo ni por asomo pensar en maldad, Mala aquí guardaba otro significado–. Voy a ver a mi tía… –no quería hablar con él, por alguna razón vio que sus vidas no se juntaban, parecía hallar inútil la recién empezada y banal cháchara de asiento. Pero le preguntó su nombre y Omar dio uno falso. Ambos sabían que era mejor dejar las cosas hasta aquí. Y cada cual se hundió en su propia vida.
Sin problemas. Sin problemas. Sin problemas llegó el bus a destino. Pero Omar reconocía todo con una insolente indolencia. Su vida estaba más adelante y esta sensación le hacía estar en vilo.



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