Una banda de ladrones armados entran a una casa. Eran cinco sombras recorriéndola en busca de algo de valor. Sus dueños no estaban, porque habían ido donde unos amigos.
Vivían allí desde que se casaron, harán cuarenta años. Ahora tienen alrededor de setenta. Nunca antes les habían entrado a robar. La casa sin embargo no contaba con grandes aparatos: un toca disco de esos que ya no hacen, un refrigerador tan duro y pesado y ruidoso que nadie osaría llevárselo, una televisión ni tan nueva, entre otros opacos cachivaches.
La banda, luego de pasar prolijamente por las habitaciones más importantes, ya defraudados, abrieron la puerta de un gabinete, que abrigaba su última esperanza para hacerse ricos en un rato, pues estaba con llave. Pero adentro lo único que vieron fue una pequeña biblioteca junto a una mesa en medio de varias sillas. Sobre dicha mesa había un libro. Los ladrones, pasando por turno el umbral de la puerta, fueron a sentarse uno en cada silla. Estas parecían esperarles. Era el momento de evaluar su cometido, culpar a quien haya que culpar del pésimo cálculo hecho para el inmueble.
Antes de echarse en cara esto y aquello unos contra otros, el que aparentemente comandaba entre ellos tomó el libro y dijo que leería donde cayese su mirada, y lo que salga será lo que hagamos. Leyó:
Al caer la tarde, después de haber andado unas ocho leguas por la pampa triste y haber comido un resto de carne asada, que yo traía a los tientos, avistamos la gente de la población que hacía tiempo veníamos contemplando, gozosos por su verdor fresco. Allí ni siquiera había sauces, unos perros, un corralito ni unos dueños de casa.
Terminada la lectura, dijo que era mejor que partieran, esta casa es como esa cosa triste. Los demás, que no eran tan superticiosos como Marcelo, volvían sobre sus pasos de mala gana, ellos aun creían que aquí había un tesoro oculto, pero volvían cerrando primeramente la puerta del gabinete y luego la de calle tras de sí.
Sobre la mesa del gabinete quedó el libro. Era el Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes, la historia de un gaucho argentino.
El hecho es este: tal libro salvó la vida a este matrimonio. El libro los salvó, porque apenas los armados ladrones doblaron en la esquina, los dueños de casa doblaron también pero en sentido contrario...
De partida, hallaron con que la cerradura la habían forzado y ya no funcionaba. Con la ayuda de una palanca, que encontraron tirada por ahí, vencieron la resistencia del seguro. Apostaban que les habían robado algo irrecuperable, aunque no tuviesen nada de esa índole. Quien roba lo hace según sus necesidades y como cuanto este matrimonio tenía allí era de necesidad primera, todo –si es que habrían sido ellos mismos los ladrones– se habrían llevado, e incluso más, se habrían tomado la casa.
Cuando creyeron haber finalizado la inspección, bastante agradecidos por lo demás, se hallaron en frente de la puerta del desván.
-----–Mira Esteban, también forzaron esta chapa.
-----–¡Pero qué se habrán creído estos malditos, acaso no se dieron por satisfechos con haber dado vuelta todo! A ver, tráeme de ahí de la entrada ese fierro, porfa.
Al rato, abalanzaron los ojos al gabinete por dentro. Había en el suelo colillas de cigarrillo. Esteban y María las recogieron, él con una escoba con rabia y ella con una pala entregada al destino. Pero el libro quedó allí, como los grandes héroes callando sus victorias.
Después de una semana más menos, ya asumido el robo, empezaron a olvidarlo y con ello a vivir la misma rutina que lo había precedido. De ahí que una mañana tranquila en que los pájaros cantaban sorprendidos por su canto, María fue a encerrarse al gabinete donde no tuvo otra que hojear ese libro de encima de la mesa.
Hecha su lectura, lo devolvió a la biblioteca sin enterarse que él ahuyentó a los ladrones. Así, este libro retorna al anaquel hasta que alguien, quién sabe quién, lo tome de nuevo sin saber cuáles han sido sus hazañas, en especial, la de salvar a un matrimonio.
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