Casa

Sus rincones tenían un aspecto geométrico que era motivado por la asepsia del ámbito. El decorado era mínimo y daba la apariencia de una habitación durante largo tiempo inhabitada y, no obstante, poseedora de una pulcritud tan pertinaz como increíble.
Pero la ducha (la primera puerta a la izquierda, entrando) la ducha del baño estaba semimala: un cuarto del agua seguía, dócilmente, la manguera hecha de compactos anillos de metal.
Dudó la manilla, dudó el vidrio de la ventana cuya transparencia apenas si se veía infringida por ínfimas pelusas de paño aún nuevo. Y la colcha que dormía un sueño de piedra, no bien también dudase, mantuvo la compostura, su blanda rigidez.
Listones de madera conformaban un piso de madera, un parquet. Sobre éste se repartían aglomeraciones materiales de poca monta, aquí una hoja de árbol, allá un pétalo reseco. Estos elementos repartidos espaciadamente, sin embargo, no interferían la imagen de orden imperante.
Sin simplificar, se añade que las patas de los veladores, sillas, mesas y el ropero se presentaban con una curvatura levísima o acentuada, infaltable. ¿Era esto debido a las ondas del piso, de cuya madera, o era quizás por lo convexas que son las órbitas de los ojos? El reloj de muro no preguntaba, la alfombra del baño tampoco, ni siquiera el nervioso jilguero preguntaba.
El interior del basurero, aquel que se hallaba en la cocina, tenía entorno su boca marcas de fierro candente. Estas eran prácticamente invisibles, ya que una bolsa de basura, depositaria en primera instancia de los desechos, se tenía allí como si siempre hubiera estado allí.
Impresionaría el cálefon encencido, dando lástima sincera las manillas que no contaban el ojo de cerradura respectivo, antes tan habitual y ahora en desuso para el adentro de las casas.
Las parcas y las chaquetas, el olor penetrante de las aperladas cápsulas de naftalina.
Un ramillete de flores, el té que sus tallos producen. La pared de detrás del florero tenía, aparte de pintura, el solo rastro de lo que alguna vez le fue adosado. Tarugos, perforaciones como estrellas oscuras.
Había también un librero, unas sillas, seis, alrededor de una mesa que no estaba pero que, producto de la disposición del mobiliario concerniente, debió de haber estado.
Se avizoraba el atardecer, el alumbrado que, de repente, iría a despuntar, y que despuntó mediante una luz frágil que fue afirmándose.
Adentro se supuso una oscuridad creciente y demoledora, erradamente; el refrigerador, mejor dicho su carcasa, no paró durante toda la noche de irradiar, de reflejar. Lo demás ni se vio, silencioso, sosegado –a menos que un ciego en casa ajena y con necesidades urgentes, levantándose, fuera chocando todo a su paso.
Las baldosas del patio estaban hechas de piedresillas diferentes, como rocas que el volcán licúa y que, al helarse su lava, se confunden y conformar una sola roca.
El cielo en esta mañana de patio empedrado casi no exhibía ninguna decoloración en sus extremos: parecía zumbar por su limpidez, y el mimbre de los muebles de este patio, su piso, a causa de sus florilegios y amasijos, parecían ya no zumbar sino hacer el ruido, el chillido de las cañerías añosas, cuyo fierro carcomido pierde y pierde grosor.
Los árboles, sus ganchos llenos de ramas y hojas, movidas por el viento, se sonríen.
Los mimbres estaban esmaltados, había que decirlo. Una pequeña araña inofensiva colgaba de uno de los brazos de los asientos. Concurrió una chinita (curiosamente llevaba los lunares de color blanco en vez de negro), habrá estado unos segundos al lado de la araña, y desapareció sin dejar rastro.

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