Había vuelto de los cursos de verano en los que había hecho migas con casi todos sus compañeros, a excepción de un chico de modos ladinos y tez mate. Ella lo había pasado “genial”, y aprendido mucho deportivamente; las naciones eran su juego preferido.
Había vuelto, quedándole todavía más de la mitad del verano por delante. No más llegó a su casa, olió el aire espeso que allí se respiraba.
Antes de volver ni lo había pensado, pero una vez llegada lo recordó todo. Claritza por su parte era de modales tiernuchos y su rostro delataba sentimentalismo, además de ser un poco paliducha. Recordó, así, a su abuela siempre regañando a su madre quien la atendía casi en todo, a su padre y a la tía Maru que estaba enconada con ella desde que supo que participaría de estos cursos. El encono suele ser inmotivado y gratuito, Claritza cumplió con mostrarse a su tía insolentemente despreocupada por lo que fuese decirle.
Sus cosas estaban tal cual las había dejado antes de partir, tan sólo echó en falta uno de sus lápices de colores que a sus ojos eran fantásticos; se los había regalado su padrino del extranjero.
Todos estaban en casa y ninguno sabía nada de ese lápiz color basalto. Pero Claritza, sin embargo, sospechaba de su madre tanto como de la tía Maru. Quiso cerciorarse por sus propios medios, y se puso a revisar las pertenencias de su tía en sus mismas narices. Y eso no le gustó, su palabra bastaba. Se armó la grande, terminaron gritándose.
El lápiz, a las semanas de este episodio, apareció debajo de su almohada.
Al día siguiente entraba a clases. ¡Qué feliz que parecía! Sólo el chico ladino y de tez mate enturbió ligeramente su entusiasmo. Su completa caja de lápices la iluminaba de sobra.
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