
Ilustraciones de Vicente I

¿Cómo llegamos a esta situación?
Hagamos memoria. Veníamos de almorzar todos juntos y yo, con los hijos de mi hermana, jugábamos a desarmar un transformador de láminas de hierro.
Sebastián –el menor– me acuerdo que ya no se interesaba en el desarme; su hermano mayor no le daba cabida. ¡Tan entusiasmado estaba Agustín, que ni siquiera yo podía colaborarle!
Mi recuerdo se espesa: ¿Qué es lo que hacían?
Agustín, excitado, desarmaba el transformador.
Y Sebastián, a falta de transformadores, se puso a escarbar la tierra; recostado sobre el pasto, parecía haber encontrado un juego tan entretenido como el de desarmar algo que pudiese tener un corazón secreto. Supuse que había dado con un chanchito de tierra o lombrices.
Agustín, una vez que tuvo todas las piezas

repartidas por el suelo (el transformador no resultó ser más que un puñado de escombros), fue adonde su hermanito, apoderándose enseguida de la alimaña.
Sebastián no se hizo drama y, dejándolo hacer, se dirigió él hacia el transformador. Miró piezas al revés y al derecho, y acercando una de estas láminas hasta sus ojos, zas, vio cualquier cosa.
¿Qué pasó, de pronto, que nosotros tres terminamos formando parte de esta historia, llena de sombras e intrigas?
Con Sebastián de cara a los restos del transformador, con Agustín ya habiendo cercenado a la lombriz, conmigo medio atontado por la menta que nos servimos de bajativo.
¿Qué hiciste Sebastián con el transformador? Ahora recuerdo: empezaste a rearmarlo a tu antojo. Y que justo cuando creíste listo el ensamblaje, se
–Seba, mira, pongamos esta adentro y lo enchufamos y vemos qué sale. Préstamelo, yo la pongo.
Sebita no regañó. Por fin los dos hermanos jugaban juntos.
La irreconocible lombriz ocupó así el desocupado centro del transformador.
Yo olvidé advertirles de los rencores de la corriente.
Me uní al grupo de los grandes.
Los grandes se acomodaban sin éxito en sus sillas.
–Al ser humano, interrumpí, le falta algo gusanesco: poder encogerse, poder luego engordar gratuitamente.
Pero nadie se entusiasmo con mi comentario. Hablaban de otra cosa.
–Voy y vuelvo, dije, ¿qué estarán haciendo los niños?

Presentía algo, ese transformador merece toda nuestra desconfianza.
Sebastián miraba absorto el “transformador”, que además de chirriar echaba pus. La inocencia de los niños, el Seba exclamó:
–Mira, Agu, eso masca chicle y sabe hacer globos.
–Oye, atinó a decir el otro, ¡va a explotar!
Sebastián estaba inamovible, el invento lo tenía completamente cautivo. Agustín, entonces, se fue a esconder detrás de mí, que me ocurría algo casi idéntico a Sebastián. Ninguno, en suma, quiso perderse de nada.
El chirrido, el tsh que avisa disfuncionalidad eléctrica, no era de temer. Y no siéndolo, no me preocupé ni pedí que lo desenchufaran. La verdad es que todo esto me tenía demasiado expectante como para detener el curso de los eventos.
Agustín, que me piñiscaba de puro nervio, dijo: –¿Una lombriz que se transforma en un
En fin, ¿qué fue lo que ocurrió? En este caso puntual, entre más cerca de los hechos, menos clara es que tengo la película.
Bueno, Agustín dijo eso de la lombriz vuelta monstruo, y Sebastián, sin pensarlo, se decidió a desenchufar el transformador. El enchufe se había pegado, y todas las miradas recayeron en mí.
Me vieran… no tengo trazas de héroe. Sin embargo, ¿quién, ¿Agustín?, iba a desenchufar el enchufe pegado?
Ya está: fuíme donde reside con sus dos o tres ojos negros la energía eléctrica, y tiré…

Con el cable en la mano se apagó el tsh, y esperamos a que el transformador parara de gorgotear. Sobre la alfombra, un líquido verde y pastoso dejaba constancia de los hechos.
Los niños, tan pronto como desactivé la máquina, partieron hacia ella, cuidadosamente. ¡No vaya a ser como el erizo o el guanaco, que escupen al peligro!
Su inspección fue pedestre. Ambos hermanos, cuál primero, cuál después, le dio una patadita para ver cómo reaccionaba. A causa de semejante escrutinio, yo me vi forzando la vista. Ni uno de los tres vio nada raro.
¿Pero cuándo sucedió lo que se me enreda en la garganta? Ahora me gustaría que alguien otro fuera y dijera esto sí, esto no corresponde a la realidad.

Agustín, no harto, volvió en seguida a conectar la máquina. Ya se imaginarán lo que sucedió: el tsh, la reanimación de la goma, probablemente de origen larval.
El efecto de la conexión fue mucho menos intenso.
Pero Sebastián rompió en llanto, y balbuceó:
–no qlería esho.
Y Agustín repuso: –No te hagas, siempre decís lo mismo.
Luego de esta escena, muy teatral, el transformador empezó a desplegarse, a hacer de las suyas.
–Oh pestañeo, noche personal y común, momento oscuro en que vimos lo que vimos.

¿Qué se desarrollaba entre las placas de este convertidor eléctrico? Todos tenemos alguna ceguera, es decir, alguna impresión vedada.
A los segundos, se cayeron los tapones; se cortó la luz. Aparte de nosotros, nadie reparó en el corte. Podríamos haber jugado a la gallinita ciega.

El transformador irradiaba la luz del platino, la cual abría surcos en la imaginación, incluso en la mía, ya surcada y llena de atajos.
El transformador allí sobre la alfombra, con la baba verde entorno, parecía una isla, el Kremlin rodeado por la fanaticada revolucionaria.



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