
La curva que desvirtúa el recorrido fue producto de una irrupción natural, como los Andes donde recogió fósiles marinos un púber. Este irrumpir de la naturaleza, sin embargo, no fue sino súbito, como el espanto de la niña del lago siempre que visitaba de noche a los vecinos, teniendo que cruzar un pinar.
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Nació, así, la curva.
Toda recta rasante supone, en el planeta, rodeos. Aunque cupiera tirar un trazo sin tope, justo entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Pero la intelectualización, cuando se trata de levantamientos telúricos, parece una campanilla de llamado sin badajo o con un badajo de goma. En todo caso, la niña del lago -debido a la reiteración de su visita nocturna- acabó desafiando en silencio a los trasgos del bosque, que tampoco se hicieron presentes. Ella creció, luego, a la velocidad con que una piedra cae, vertiginosa y ciegamente.
Toda recta rasante supone, en el planeta, rodeos. Aunque cupiera tirar un trazo sin tope, justo entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Pero la intelectualización, cuando se trata de levantamientos telúricos, parece una campanilla de llamado sin badajo o con un badajo de goma. En todo caso, la niña del lago -debido a la reiteración de su visita nocturna- acabó desafiando en silencio a los trasgos del bosque, que tampoco se hicieron presentes. Ella creció, luego, a la velocidad con que una piedra cae, vertiginosa y ciegamente.
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El hecho de la curva, pese a las jorobas, no habla de que, a la vuelta, la cascabel ataque su cola. Es más, la irrupción es antecedida por una latencia gestada en un beso, como el beso que se dieran unos muchachos, con un cerro de fondo y el mar de fondo.
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