se oscurece a diario

Davo y Regina entraban en su habitación y, a tientas, competían amorosamente por encender la lamparita a un costado de la cama. Por lo común desistían en la búsqueda del interruptor y quedaban sus brazos colgando, serpientes enlazadas. Y los segundos tenían rabia y las milésimas el doble. Davo y Regina, se oscurece a diario, preferían que sus huesos se tocaran antes que sus muslos, sus antebrazos. Rotulas como estrellas frías; caderas como baranda en mañana de invierno. Y entonces entraban en su habitación, a tientas, y les gustaba cobijarse allí como dos extraños que, temerosos de los vecinos, no dan indicios de ocupación.
Como estrellas frías, codos que se tocan, hueso que intimida con una piedra.

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